Las redes contra la democracia

No pagamos por tener un perfil en Facebook, Instagram o Twitter. O al menos no pagamos con dinero. En internet somos productos, no clientes. Las huellas que vamos dejando en el mundo digital, nos definen. ¿Qué pensamos sobre los flujos migratorios? ¿Estamos de acuerdo con la enseñanza de educación sexual en las escuelas? ¿Somos católicos practicantes? ¿Confiamos en la capacidad de la Policía para hacer de Panamá un lugar más seguro?Las respuestas a estas preguntas son una mercancía preciosa para las compañías tecnológicas que pueden explotarlas fácilmente si no se topan con una sólida estructura legal.

“Nuestra intimidad está en riesgo permanente. Con el procesamiento y almacenamiento de datos se desarrollan herramientas de manipulación que son usadas con fines oscuros por terceros. El brexit y la victoria de Trump en las elecciones de Estados Unidos lo han dejado patente”, resume el catedrático de derecho penal Hernán Hormazábal.

Efectivamente, las revelaciones de que Facebook permitió la fuga de datos de 87 millones de sus usuarios han puesto sobre la mesa el reverso tenebroso de la plataforma de Mark Zuckerberg. El joven programador entonó el mea culpa ante el senado de Estados Unidos y el Parlamento Europeo y se comprometió a “hacer los cambios necesarios” para salvaguardar los datos. Pero para Hormazábal, que también preside una asociación de derechos humanos en España, estas promesas no son suficientes.

El presidente Donald Trump y su antecesor. Ambos políticos saben del poder de las redes.

A su juicio, todas las elecciones políticas del mundo son susceptibles de ser maniobradas en las redes sociales si no se ejercita el peso de la ley. “Con mucha ligereza aceptamos las cookies para poder ver mejor una página web, sin saber que en ese momento también estamos dando una autorización para recopilar nuestros datos. La única manera de blindar el derecho a la protección de datos y preservar el voto como un pilar de la democracia, es prohibir de manera absoluta el almacenamiento de datos relacionados con las inclinaciones políticas”, defiende el experto.

Panamá

En Panamá este es un terreno todavía poco explorado. Se acaba de aprobar una ley sobre privacidad de datos, pero es largo el camino para impedir su vulneración. “Los entes del gobierno, que deben proteger la privacidad y protección de los datos de sus ciudadanos, difícilmente tienen las herramientas y presupuestos para hacerlo”, lamenta Antonio Ayala, vicepresidente ejecutivo de Riscco, empresa de consultoría sobre el riesgo tecnológico y la seguridad de la información.

Las elecciones generales de mayo serán las primeras en las que internet jugará un lugar más  prominente. Es un país en el que la mitad de los electores es menor de 39 años, según datos del Tribunal Electoral (TE). Siete de cada 10 panameños usan habitualmente internet, lo que lo convierte en el segundo territorio de la región en términos de uso. La mitad tiene Facebook, pero la red que más crece es Instagram. Las redes sociales no serán determinantes en las elecciones, pero será inevitable su influencia. Sobre todo, si se tiene en cuenta que cada vez más gente busca información en el maremágnum internauta.

Ayala alerta: “el 56% del tráfico de internet es vía spammer y bots, es decir, computadores”. Y son sobre todo estas cuentas automatizadas hechas por computadoras, las que pueden influir en los procesos políticos manipulando consensos, maniobrando la popularidad de un candidato online o extendiendo el alcance de su propaganda. Así lo puso de manifiesto el Instituto de Internet de la Universidad de Oxford en un demoledor informe publicado en 2017.

‘La mentira es más ‘sexy’ que la verdad. Va a las vísceras de las personas, al sentimiento. Juega con el rencor, el odio o el miedo a lo extraño. Lo que, por desgracia, se comparte más

“Crear noticias falsas que favorezcan o no a un candidato no es complicado”, alerta el ingeniero, quien también incide en la necesidad de que el elector esté capacitado en saber cómo identificarlas.

De la misma opinión es Ignacio Calle, de Maldita.es, un proyecto periodístico español que nació para controlar el discurso político, pero que ahora se dedica a verificar el contenido de las informaciones que circulan en las redes sociales. “Es la falta de herramientas para discernir qué mensaje es falso lo que hace que una sociedad esté expuesta al consumo de desinformación”, explica.

En su lucha para desmentir las noticias falsas que circulan por internet ha encontrado un pozo que atrae más a las mentiras. “WhatsApp es un agujero negro para la desinformación. Cualquiera puede mandar un audio o un video, sin fecha, sin identificación geográfica, totalmente fuera de contexto”, indica. Hacen falta solo unas horas para que ese contenido se vuelva viral. “La mentira es más sexy que la verdad. Va a las vísceras de las personas, al sentimiento. Juega con el rencor, el odio o el miedo a lo extraño. Lo que, por desgracia, se comparte más rápidamente”, resume.

Su experiencia es que la mayor parte de los contenidos de tipo político, en la red, no está diseñada para que se vote a un partido u a otro, sino para “crear desidia o malestar antes el sistema democrático”. Y añade: “Lo que se pretende es que la gente no vaya a votar”. Por eso aboga por un sistema educativo que nos enseñe a consumir y compartir contenidos digitales.

Cada vez son más los que miran con recelo a las redes sociales por su falta de control hacia las noticias falsas y por su inmensa capacidad de influencia política, pero son muy pocos lo que saben realmente cómo protegerse de esta amenaza.

Victoria Isabel Cardiel

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