Dónde vivir un sueño

En sentido contrario al frenesí de estos carnavales, la Isla Palenque del Golfo de Chiriquí transmite su vibra nirvánica a los huéspedes. Ningún ruido se siente allí, salvo el canto de unos monos aulladores que en la madrugada se atreven a despertar a sus visitantes.

“Aquí se crea una simbiosis entre la isla y las personas que nos visitan. El 50% de ellas son norteamericanas, y el otro 50% viene de Europa, en particular de España, Francia, Holanda o Alemania”, enumera Patricia Mejía, gerente de esta isla integrada por 8 casitas y una villa de seis habitaciones.

El mismo contraste espiritual ocurre en otra isla situada unas cuantas millas al sur de la costa de la capital panameña. En el archipiélago de Las Perlas se encuentra Pearl Island, “un complejo isleño único, a la espera de ser descubierto” y considerado “uno de los santuarios marinos y de aves más ricos del planeta”, resalta la página web de esta isla privada compuesta en una parte de apartamentos y villas, y en otra, de selvas y senderos y playas vírgenes hasta totalizar 400 hectáreas.

Desarrollar este concepto, parte de una tendencia global marcada desde principios de siglo. El concepto uniqueness —unicidad en español— alcanzó la industria turística para aquellas personas que en vez de buscar los sitios clásicos, los de siempre, si tienen la capacidad [económica] quieren tener una experiencia que nadie tenga, comenta un vocero de Pearl Island Customer Service.

“Son personas que buscan lugares para experiencias que les dejen algo para contar. Más allá de una fotografía, quieren interactuar con el lugar”, profundiza Patricia Mejía quien describe a esa clase de visitante como muy viajado y muy educado y por supuesto, exigente en extremo.

Son viajeros pertenecientes al segmento del “turismo de nicho”, desarrollado con “hoteles boutique o lugares de hospedaje exclusivo”, añade Felipe Rodríguez, integrante del Centro de Competitividad de la Región Occidental (Cecomro).

Un helicóptero despega de Pearl Island.
Cortesía

Esta institución articula una plataforma de apoyo para proveer servicios e infraestructuras a la altura de “los $100 millones” invertidos ya por empresarios locales y extranjeros dispuestos a promover este tipo de turismo en Boca Chica, corregimiento de la provincia de Chiriquí.

La proyección turística de este sector chiricano, integrado por tierra continental y un sinnúmero de islas entre las que resaltan por su espíritu uniqueness la de Secas Reserve & Lodge, descrita por la revista Vogue como “un complejo alimentado por energía solar” según lo ha dispuesto “el multimillonario conservacionista Luis Bacon”, nacido en Estados Unidos.

Incluye Isla Gamez, “paradisiaca y sin habitar”, comenta Rodríguez. O Bolaños, cuyos bosques están almidonados con arena blanca.

Y Palenque, retratada desde el aire en una imagen y con la que Vogue abrió su reportaje del primero de enero 2019 titulado “Por qué Panamá es el lugar para ir en 2019” y en el que destacaba, entre otras virtudes, que se trata “de una isla de 400 acres (161 hectáreas) cubierta de selva y donde el número de monos supera el de los humanos”.

El Cecomro asesoró a ALC Global, la consultora encargada de elaborar el plan indicativo de ordenamiento territorial para el turismo sostenible en Boca Chica.

Este corregimiento, no puede olvidarse, forma parte del Parque Nacional Marino del Golfo de Chiriquí. El plan indicativo busca “orientar a este corregimiento” hacia el desarrollo de una oferta turística de primera línea, aunque no necesariamente para viajeros de alto poder adquisitivo. Una fuente, que pidió sí o sí la omisión de su nombre, estima que el 30% de las islas pertenecen a la gama luxury y las demás, si bien es cierto son boutique, manejan tarifas más asequibles.

Pearl Island lleva más de una década desarrollando y puliendo un plan maestro de infinidad de detalles. “Lo que hacemos es tratar de crear un ambiente propicio para que en un lugar único, marcas de primera índole, las más lujosas del mercado, se posicionen y puedan establecerse allí”, detallan en Pearl Island Customer Service.

El plan maestro incorpora “toda la infraestructura” necesaria para garantizar los accesos a la isla. “Primero se hizo una pista privada de un kilómetro de longitud donde pueden aterrizar aviones propel y bimotor”.

Luego, en la primera fase, construyeron un club con una marina acorde con el sistema de ingreso a la isla, que puede ser en barco o en avión. “Este primer desarrollo se llamó La Península Beach Club y Marina, que existe hoy”.

En esa primera fase, se hicieron apartamentos y villas y se adecuaron lotes para construir casas. “Todo está englobado bajo la gerencia de la compañía, lo cual le asegura al dueño el tener las propiedades bajo un esquema de rental program”.

Dicho programa les permite a las personas acceder a la isla y participar de ese club privado, al que no puede ingresarse de ninguna otra manera más que siendo propietario o alquilando una villa o un apartamento.

Las palmeras enmarcan un zaguán entre Isla Palenque y el mar. Tomada de Vogue

Tal sofisticación de esfuerzos precisan un servicio para los visitantes difícil de explicar, pero ilustrado por el vocero de Pearl Island Customer Service. “La filosofía de captación nuestra se sustenta en la aptitud que tenga la persona de forma natural. Podemos enseñar habilidades pero no aptitud, pues esta condición la tienen las personas y viven con ella. Si no la tienen, no pueden estar acá”.

En determinado momento ese trabajador resulta siendo la pieza más importante del proyecto. Será el encargado de transmitirle al visitante la sensación de que “está viviendo un sueño”.

La capacitación de personal en Isla Palenque parte de una visión combinada tras varias reuniones entre el dueño de la isla, un arquitecto, y Cayuga Collections, una empresa reconocida por desarrollar proyectos hoteleros bajo el concepto de hospitalidad sostenible.

“Esto [el proyecto] involucra mucha capacitación, y tiene que ver con creer mucho en la gente. Contamos con un equipo ciento por ciento local, panameño. Trabajamos desde seis meses antes de la inauguración para capacitarlo en servicio”, recuerda Patricia Mejía. Isla Palenque abrió hace más de un año.

Son lugares únicos, por una creación excepcional de la geografía. “Las playas del Pacífico no son bonitas, pero cuando ‘te mandas’ un archipiélago que por sí mismo es un accidente geográfico, pues esto trae unas ventajas súper extraordinarias”, exalta el vocero de Pearl Island. Todos los archipiélagos han sido conquistados y luego se constituyen en un destino para el hombre. El Mediterráneo ejemplifica esta condición por la que terminó convertido en un nido de la civilización.

“El archipiélago es en sí mismo un mundo de intercambio de aguas habitualmente profundas con abundantes reservas de pescado y donde a la vez puede producirse un intercambio comercial importante, y por eso son lugares de destino. En el océano Pacífico, el único archipiélago antes de Galápagos es este”, aseguran en Pearl Island.

La condición de archipiélago permite experiencias excepcionales, tanto en el Golfo de Chiriquí como en el de Las Perlas y en algunos otros sitios del país catalogados ya como ideales para el lujo inolvidable.

Una de esas rutinas únicas consiste en ir de pesca a uno de los bancos pesqueros más diversos del mundo y regresar el mismo día, ya en la noche, para dejarse llevar por los mimos de un servicio imposible de caber en una foto. Otro, quizás en la mañana siguiente: acompañar desde la distancia a las ballenas en su danza acrobática sobre el mar.

Son tantas las emociones en este tipo de turismo, posible ya en ciertos lugares del país, que los especialistas en conducta humana llegan a hablar de “Síndrome de Stendhal”. Es un trastorno psicosomático como el padecido por el autor francés en su visita a la Basílica de la Santa Cruz, en Florencia. En esa ocasión se sintió extasiado “ante una obra tan particularmente bella”, dicen los libros y la Wikipedia.

Seguramente la sensación fue la misma para Bill Gates en su visita a las islas del Golfo de Chiriquí. Su mente, hecha de números e inversiones, debió de quedar en silencio por unos días.