Una crisis económica desconocida y como ninguna otra

Estas largas semanas de encierro han supuesto para la humanidad un escenario propicio para hacer un obligatorio alto en el camino y reflexionar sobre nuestros objetivos y forma de vivir.

Importante decir que estamos en una profunda crisis, no solo económica sino también de un inmenso impacto social con evidentes retos en materia de salud pública, interrupción en la educación de nuestros hijos y disrupción de las prácticas de consumo y comportamiento social.

Para aquellos que aún se resistan a creerlo, estamos ante la mayor crisis financiera global de nuestra era moderna. La seriedad de la misma empieza por su naturaleza, algo nuevo para todos y no hay precedentes en los que podamos apoyarnos para pronosticar que es lo que puede venir a futuro.

Hemos visto la dificultad en la toma de decisiones por parte de los gobiernos de la región y del mundo, algunos de los cuales minimizaron e incluso ridiculizaron en un principio la pandemia para después revertir su tímida respuesta inicial pero ya con unas estadísticas mortales, que siempre pesarán en su historia.

Pero volviendo al tema económico, estamos enfrentados a tiempos muy difíciles con una magnitud y duración indeterminada. Todos los economistas y futurólogos de oficio se han quedado cortos ante sus pronósticos iniciales, pues realmente aún nadie sabe a ciencia cierta cual será el verdadero impacto y costo de esta crisis.

Las cifras ya son contundentes, el desempleo en Estados Unidos ya alcanzó su máximo histórico con más de 20 millones de desempleados representando más del 15% de la población económicamente activa. En América Latina, y Panamá no es ajeno a ello, son varios los países que empezarán el segundo semestre del año con niveles cercanos al 20% de desempleo, y no sobra recordar que estas cifras siempre se ven mejor de lo que realmente son dado la altísima incidencia del empleo informal que no es medido adecuadamente.

La capacidad de recuperación de las economías estará en función de múltiples factores, algunos de ellos ligados a temas de la ciencia como la disponibilidad de una vacuna para combatir el virus y a más corto plazo la aplicación de tests para detección del coronavirus y evitar su propagación. Con esto último estamos muy lejos de estabilizar el país cuando las pruebas aplicadas son a la fecha de alrededor de 50,000, lo que es tan solo cerca del 1% de la población, y si a eso le sumamos que deberíamos hacernos pruebas constantemente para reducir el riesgo de contagio, el número de pruebas aplicadas y disponibles es ridículo para el tamaño del problema.

Ahora bien, la pregunta obligada es ¿qué tan preparadas están las empresas en el mundo para afrontar una situación de emergencia como la actual? Revisando recientemente algunos estados financieros de empresas en Estados Unidos, veía con envidia como Amazon a finales de marzo de este año tenía disponibles cerca de $50 billones en caja e inversiones temporales, no solo para sortear esta situación sino para ir más allá y capitalizar las enormes oportunidades de negocios que se estarán presentando. Y si a esto se le suma el rol de la Reserva Federal que de manera artificial está inundando de liquidez el mercado con un potencial infinito que solo es posible para países con una banca central que imprime billetes a diarios, se puede deducir que Estados Unidos saldrá de la crisis más fácilmente que sus vecinos continentales.

En Panamá, me temo que la situación es muy diferente y da lugar inicial al pesimismo. Empresas como Copa Airlines y Tocumen, y aún el mismo Gobierno Nacional se han apresurado a asegurar algunos financiamientos porque saben que vienen tiempos muy difíciles. Pero no es mucho lo que pueden hacer los pequeños y medianos empresarios de este país pues el crédito está cerrado así ningún banco lo diga abiertamente.

Los balances generales, que muestran la verdadera capacidad de aguante de las empresas reflejan en muchos casos un exceso de deuda y poca disponibilidad de caja y activos corrientes para hacer frente a las necesidades de capital de trabajo de los meses, o quizás años siguientes. La única esperanza de muchos negocios es que se reactive rápidamente el consumo y vuelva la liquidez en el mercado.

Lamento no estar entre quienes ven que la recuperación será rápida, pues esta no solo tomará meses sino aún varios años para regresar a niveles pre-pandemia. Un 20% de desempleo a la vista, un gobierno central dependiente de los financiamientos externos ante la disminución del recaudo impositivo, la ausencia de un banco central emisor, las malas prácticas financieras de muchas empresas, las listas grises internacionales y el deterioro en el ingreso de nuestros compradores de servicios en América Latina son los elementos que sustentan mi afirmación.

Obviamente no todo es negativo en el país pues hay un sistema financiero responsable que hasta la fecha ha contado con buena salud y apertura a refinanciar a sus clientes, la mejor infraestructura de la región en una zona geográfica estratégica, y muchos emprendedores entusiastas y dispuestos a dar la batalla. De todas formas, mi consejo es que los hogares y las empresas deben prepararse para varios años de fragilidad económica, reduciendo gastos, aprendiendo a ser más eficientes, a diversificar, a entender que se acabó el financiamiento fácil y barato, y a ser generosos y solidarios con aquellos que lo necesiten.

El futuro está en nuestras manos para que lo empecemos a modelar desde ya. El distanciamiento social por el temor al contagio le está dando una oportunidad única a la economía digital la cual ya es imperativa para todos los negocios. Prácticas como la de consumir productos locales de origen, hacer turismo por el país, invertir en producción agrícola, dotación adecuada para el teletrabajo, refinanciar a nuestros deudores, y ser humildes para aceptar la realidad son parte de las soluciones que tenemos que poner en práctica como país para superar esta crisis desconocida, incierta y transformadora de nuestro modo de vida.

Volveremos a ser una sociedad más fuerte, más cohesionada, más diversa y más eficiente en unos años, solo que tendremos que trabajar con más ahínco, dejando tanto consumismo y egoísmo y dando paso a prácticas sociales más sostenibles, a aprovechar mejor nuestros recursos, a ahorrar para el futuro,
a mejorar nuestro nivel de servicio al cliente, y mostrar nuestra impresionante plataforma de servicios al mundo acompañada de nuestra calidez humana y nuestra mejor sonrisa aunque sea detrás de una mascarilla.