Los subsidios son un apoyo, no una forma de vida patrocinada

Las ayudas oficiales se han convertido en la fórmula populista por excelencia de los gobiernos. Pasan los años y cada vez más personas reciben apoyos estatales, sin tenerse un sustento social real y bien estructurado.

Desde hace ya algunas décadas los gobiernos de Panamá se han dado a la tarea de adelantar políticas supuestamente populistas, que lejos de resolver de manera permanente las necesidades de los más necesitados, crean un Estado de parásitos que impacta de forma directa a los contribuyentes y al país.
Los ejemplos abundan. Recuerdo que hace algunos años, a raíz de la alta morosidad de los deudores del Banco Hipotecario, el gobierno de turno tomó la decisión de condonar parte de la deuda y los intereses a las familias que de forma irresponsable estaban más morosas. Lo paradójico de esto es que aquel ciudadano que de manera sistemática y ordenada estuvo pagando su deuda, no recibió incentivo alguno. Conclusión: da lo mismo si se paga o no, porque el “pobrecito” moroso será recompensado.
Panamá se ha convertido en el país de los subsidios. Se han creado subsidios para la comida, pero el comerciante nunca pierde y si estos comestibles tienen que ocupar espacios en sus tiendas y supermercados o no venden los productos subsidiados, encarecen otros productos que no forman parte de la canasta básica, pero que su uso y consumo son indispensables. Es decir, el efecto es nulo.
Y qué decir del pago de jubilaciones retenidas antiguamente y de las cuales muchos de los beneficiarios ya han fallecido o del subsidio al pasaje del Metro Bus que nadie pidió. ¿Se han preguntado qué pudimos hacer con ese dinero?
La matemática es simple y los políticos no terminan de entender que lo que están haciendo es vaciar las arcas, aumentar la deuda pública, crear irresponsabilidad ciudadana y malgastar el dinero de los que pagamos impuestos.
Los subsidios son una ayuda ante una situación inesperada, urgente o catastrófica. Sin embargo, los ciudadanos acostumbrados ya al “salve” no se preparan, ni los educan para eventualidades inesperadas o para hacerles frente de manera individual a los problemas que la vida les trae.
Ante lo catastrófico, corren a cerrar las calles o a llamar a toda la prensa. Le dicen al país que ellos son humildes y sin recursos y que los más afortunados deben apoyarlos en su causa, que para ellos es muy justa. Luego de que arman un tremendo alboroto, los noticieros se hacen eco de la situación e inician sendos debates sobre el papel que debe jugar el gobierno ante esta triste realidad.
Ante la presión mediática y acercándose las elecciones, el Gobierno les entrega partidas a los diputados para que compren lo que ellos crean necesario para ayudar a esa población necesitada. Las decisiones de los legisladores sobre el uso de los fondos que les regala el gobierno central son variopintas. Van desde regalar colchones hasta camisetas y jamones. Jamás usan el dinero para hacer una nueva escuela, cambiar las bancas de los salones de algún colegio en sus circuitos o mandar medicinas. ¡Qué va!, eso que lo haga el Gobierno con lo que sobre.
Ante el problema de requerir más y más dinero para todas las prebendas ciudadanas, políticas y de los diputados, el Gobierno decide aumentar los impuestos. Sí, nos pasa la cuenta a todos. Pide adelantos de dividendos de empresas estatales, crea moratorias para el pago de impuestos, ya que los ciudadanos se atrasan en los mismos. Pero cómo no van a atrasarse si el costo de la vida se dispara sin cesar.
Y luego viene lo peor. Los gobiernos, ante la falta de dinero, dejan de pagarles a los proveedores, no les hacen frente a las necesidades hospitalarias de sus asegurados. Es decir, de aquellos que por muchos años pagaron su seguro social y que ahora no tienen medicinas ni camas.
Las futuras generaciones no tienen dónde estudiar. Y cuando se gradúan de la universidad, las posibilidades para conseguir
empleos son muy limitadas y, por ende, sus salarios bajos, lo que provoca nuevamente que el Gobierno pase la cuenta a los empresarios subiendo el salario mínimo.
Así sigue y sigue la rueda, generación tras generación, hasta que finalmente se reviente por la poca o ninguna posibilidad de pagar tantos regalos.
En unos años, los países que más subsidios den serán los más pobres y sus talentos se irán a otras latitudes o crearán una burbuja social que ignore por completo el problema.
Claro, si no aparece un socialista del siglo XXI.