Una oportunidad para reducir el impacto de carbono del turismo

Los alojamientos ecológicos no pueden recibir a 1.500 millones de turistas. Ese fue mi primer pensamiento cuando pisé la caliente arena de la playa de Alicante, en España, hace unas tres semanas.

Extendiéndose hacia el horizonte, de norte a sur, se veía un muro de altos edificios que son la columna vertebral de la industria turística de España.

Es un modelo construido por y para las masas, que prospera con vuelos de bajo costo, complejos hoteleros con todo incluido, gigantes bufés y sangría sin límites.

España, el segundo mayor destino turístico del mundo, con 83,7 millones de visitantes en 2019, es un imán para el turismo de masas (no es casualidad que los paquetes turísticos hayan sido inventados no lejos de donde yo me encontraba). En total, la industria transportó, acomodó, alimentó y entretuvo a una buena parte de los 1.500 millones de turistas del mundo el año pasado.

Foto de la costa española. Imagen de dendoktoor en Pixabay

A nivel mundial, era un sector en auge antes de la pandemia, crecía a una tasa cercana a 4% cada año, daba empleo a 10% de los trabajadores del mundo y representaba 10% del producto interno bruto mundial.

Los enormes cruceros, los aviones propulsados por combustibles fósiles y los hoteles en lugares apartados con escasez de agua también hacen que sea una industria con tasas de emisiones de carbono increíblemente altas. La huella total se estima en alrededor de 8% del total de las emisiones humanas.

El historial climático del sector antes de la pandemia ya era desalentador. Los esfuerzos por reducir la huella de carbono se han limitado principalmente a compromisos de neutralidad climática y pequeñas medidas que acaparan titulares, como eliminar las botellas de los pequeños champús, reemplazar las pajitas de plástico por unas de papel y servir alimentos sostenibles en los vuelos.

Solo calcular el impacto es difícil. Un recuento serio debería incluir el carbono emitido directamente por las actividades turísticas, pero también por toda la cadena de suministro, también conocida como emisiones de Alcance 3, o indirectas. Eso involucraría comida, alojamiento, transporte, combustible y compras.

Dado que pocos, por no decir ninguno, de los principales actores u organismos de la industria reportan sus emisiones de manera exhaustiva y periódica, las estimaciones deben considerarse conservadoras. Un artículo de investigación de 2018 publicado en Nature concluyó que las emisiones provenientes del turismo en 2013 fueron de 4,5 gigatoneladas de dióxido de carbono, para un alza de 15% desde 2009.

Más de dos tercios de ello proviene del transporte aéreo y terrestre, según un informe de diciembre de la Organización Mundial del Turismo de las Naciones Unidas. El transporte turístico representó 5% de las emisiones globales en 2016 y 22% de las emisiones del transporte ese año.

Por supuesto, las emisiones del turismo caerán en picada este año. Eso parece bastante evidente con solo mirar las tumbonas perfectamente ordenadas en la playa, tan diferente de la caótica imagen de cientos de toallas y sombrillas apiñadas por la que esta parte del Mediterráneo es tan famosa. La aparición de turistas asoleándose con cierta distancia social, al igual que la disminución de emisiones provenientes del turismo, fueron posibles solo porque la cantidad de turistas en España se redujo 72% en el primer semestre del año.

No hay forma de saber qué pasará una vez que se reanuden los viajes internacionales. La falta de exigencias serias de los Gobiernos y las soluciones cosméticas de aerolíneas, propietarios de hoteles y operadores de cruceros hacen que sea tan tentador pensar que todo está perdido, que el turismo está dejando pasar una oportunidad única en la vida para transformarse radicalmente y contribuir a la lucha contra el cambio climático.

Sin embargo, ya existen soluciones para reducir el impacto de carbono del turismo, y la industria podría aprovechar los paquetes de estímulo ecológico sin precedentes que están lanzando los Gobiernos. Tanto vehículos eléctricos como hoteles con eficiencia energética que funcionan con energías renovables son económicamente viables en la actualidad. Las comidas sin utilizar plástico todavía no lo son; y los aviones propulsados con hidrógeno algún día podrían volverse realidad.

Seamos realistas, solo un puñado de personas puede caber en un alojamiento ecológico en Nicaragua o un apartado campamento de lujo en el Serengeti, y pagar por ellos. E incluso es posible que estos no sean tan sostenibles después de todo.

Para la mayoría de nosotros, las vacaciones carbono neutrales en un futuro —ojalá— no tan lejano probablemente involucrarán recorrer ciudades en autobuses eléctricos, cenar en terrazas iluminadas por bombillas de energía eólica y dormir en habitaciones de hotel tan bien aisladas que hagan que el aire acondicionado quede obsoleto.

Imagen de Katherine Arias en Volcán Ometepe Nicaragua