Clandestina se destapa en España y Estados unidos

El estand de la cervecería Clandestina se ubicó en la Gran Vía, pabellón 1, nivel 0, número 339, de la feria gastronómica Alimentaria 2018 realizada en Barcelona y considerada la más relevante de España. La pyme le ofreció al público algo así como 150 mil asistentes, el recital de sus cervezas panameñas en el más estricto sentido de esta palabra.

En el quiosco se servían “cañas” de Nómada, de la categoría

Pilsener; Intriga, que homenajea a la región de Baviera; Ley Seca, hecha de malta clara y creada para romper los usos y las prohibiciones; Doppel Bock, resultado de una combinación de experiencias e ingredientes entre Camba Baviera, Boquete y Bocas del Toro; y Xa’Madre, tan istmeña como el Cholo Durán.

Los visitantes degustaron unas cervezas elaboradas según los estándares mundiales de la producción artesanal. Bebidas hechas en un país del que quizás solo tenían referencias por su Canal para barcos. Las clandestinas atracaron en sus bocas y se guarnecieron en paladares y gargantas y una vez allí presentaron el sabor de un istmo definido por sus migraciones de personas y de especies de fauna y de flora.

“Desde un principio nos propusimos producir cervezas artesanales panameñas, porque las tradicionales dejaron de serlo”, sostiene el fundador de la cervecería, Guillermo Quijano. Este cervecero panameño comenta el otro objetivo inicial de la empresa: posicionarse en el exterior.

La exposición en Alimentaria resultó dos meses después en la primera exportación de la compañía al mercado español. Allá fueron a dar 30 cajas de Nómada; otras 60 de Xa’Madre; 8 barriles, cada uno de 20 litros, de la marca Intriga; y 8 barriles de Ley Seca.

Clandestina le apuntó de primera a España porque ofrece la facilidad del idioma y porque las condiciones de entrada, aunque exigentes, son menos rigurosas en comparación con otros mercados, como el estadounidense. “No tuvimos que cambiar el etiquetado de los envases en los que están las leyendas de cada bebida”, comenta Quijano.

Nacida hace menos de tres años y situada en Panamá Pacífico, cervecería Clandestina tiene su planta de producción en un hangar con un lobby donde solo dan ganas de tomarse una “fría” bien fría. El lugar, hace hincapié Quijano, cumple ciento por ciento los requisitos de sanidad y de compromiso con el medio ambiente, al punto de que el funcionamiento de la planta de tratamiento de agua se equipara con el de cualquiera de un país cervecero por tradición —pongamos Holanda o Bélgica—.

La inversión se repartió entre 100 socios, ninguno mayoritario, de entre 18 y muchos años de edad, y varios de ellos con antecedentes ancestrales de emprendedores dedicados a la elaboración de cerveza en casa o en términos industriales. La empresa emplea a 12 trabajadores.

Es el caso, precisamente, de Guillermo Quijano. Su tatarabuelo fundó la primera cervecería de Panamá. El hombre, inmigrante de Bohemia en el extinto imperio austrohúngaro, fundó en 1904 la Fábrica de Cerveza Juan Malek, S.A., en la calle Malambo del barrio de Santa Ana, según un aviso del diario La Estrella. El edificio se volvió cenizas tras un incendio de tantos, en una época en la que la mejor manera de combatir los mosquitos era con fuego.

Su padre, Guillermo Quijano, se ha dedicado toda la vida a hacer empresa, más que nada en el sector de la construcción. “Es un gran emprendedor. Se motivó desde el principio con la idea de exportar”. Con ayudar a una empresa panameña a salir al exterior. El fundador y vocero en esta entrevista recuerda que su cuota espiritual de Clandestina nació con unas cervezas hechas por él en casa y dadas a degustar a varios de sus amigos. Salió bien librado.

De manera que las diversas etapas de la compañía permiten dilucidar cómo fue que desarrolló un stock de cervezas acorde con la tendencia artesanal gestada en Estados Unidos después de años de consumir bebidas carbonatadas.

Un artículo publicado en la plataforma web de Univisión, titulado El boom de la cerveza artesanal es la historia económica más rara y más positiva de EEUU, destaca en un aparte la “revolución de aquellas cervecerías a pequeña escala surgidas a lo largo del país”. En particular, en Portland, Denver, San Diego, Seattle, Los Ángeles, Illinois y Idaho. Nada se dice de Texas y Arizona, estados que posiblemente representen un mayor potencial de crecimiento para cervecerías clandestinas, pero dispuestas a rebelarse ante las marcas de siempre.

“En diciembre del año pasado mandamos a Estados Unidos un contenedor entero de 40 pies con 18 pallets. Los receptores son distribuidores locales de Texas y Arizona. Ha sido una experiencia más compleja, porque los requisitos legales de entrada son mayores y deben cumplirse en inglés. En este trimestre enviaremos el segundo contenedor”.

Ante la pregunta sobre por qué debe un consumidor pagar por una artesanal en un bar entre 5 y 6 dólares, y a veces más, Quijano sostiene que el precio está plenamente justificado en la experiencia que se tiene por delante. “La gente valora estas cervezas no por la tarifa, sino por las sensaciones”. En el caso de Clandestina, porque le añadió al consumidor la oportunidad de rastrear a través de los envases el camino recorrido hasta llegar a la garganta: las leyendas y los dibujos de cada marca.

Nómada lleva una brújula. Ley Seca contiene dos hombres hablando en la penumbra de una bodega. Intriga se sirve de una mandala de trigo. Xa’madre se vale de un festival de colores como “el de la India”, y creemos que tras su consumo se alinean los chagras según sus tonalidades. Malambo tiene una etiqueta muy al estilo de los inicios de la República de Panamá. El diseño y el mensaje de Guerra Fría dan a entender que todo se soluciona con una “fría”. Rapiña, que se la pelean todos.

Guillermo Quijano asegura que “la gente lee los textos”. Y para el caso, lo hace en español o en inglés, porque al final el resultado es el mismo con una cerveza artesanal.

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