Edicion N 758 | 11 de diciembre de 2012
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Pensar, ese difÍcil e infrecuente acto



EDUCACIÓN

ALEJANDRO J. FERNÁNDEZ
mf@prensa.com

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Nunca la humanidad se ha enfrentado a los cambios a la velocidad que están ocurriendo hoy y nunca la educación formal estuvo menos preparada para adecuarse a ellos. Con el estilo de instrucción que muchos alumnos reciben en la actualidad, tal vez sería una buena idea pedirles que, para que tengan una mejor opción de éxito, abandonen sus estudios (tal como hicieron Steve Jobs, Bill Gates, Richard Branson y muchos otros). Y es que el salón de clases podría estar destruyendo una de las mejores cosas que nos dio la evolución: la capacidad de pensar.

Culpable de esto parece ser el alto nivel de memorización que aún se utiliza para educar y las pocas horas que reciben los alumnos algún tipo de instrucción para adquirir pensamiento crítico. Esto no sería tan terrible si nuestros cerebros funcionaran como una computadora a la que se le puede atiborrar de información para luego apretarle una tecla y hacerla funcionar.

El problema es que nuestra “materia gris” trabaja de otra forma. Sus neuronas empiezan a formar conglomerados que definen su propio cableado o wiring en los primeros años escolares. Si a nuestro órgano pensante lo hemos ido formando desde el principio para que funcione como una máquina repetidora de conceptos, va a ser muy difícil transformarlo después.

Esto lo ignoran la gran mayoría de los pedagogos, pues mientras las neurociencias han avanzado a una extraordinaria velocidad desentrañando los misterios del cerebro, muy poco o nada de ese conocimiento se ha incorporado a la educación. Muchísimos profesores encaran sus clases sin entender cómo funciona lo que se oculta debajo del cráneo de sus alumnos. Esto es equivalente a ser piloto sin saber de aviación, lo cual es claramente un desastre en potencia.

Nuestros centros de estudio, modelados hace siglos, están creados para enseñar verdades indiscutibles dictadas por personas incuestionables. Esa combinación va convirtiendo poco a poco a sus receptores en pusilánimes de la innovación intelectual. Esta rigidez educativa es perfectamente contraria a lo que se requiere hoy.

Nadie más atinado que Alvin Toffler al recordarnos nuestro reto actual cuando dijo que “los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer  y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender”.

El resultado de nuestra pésima educación se ve reflejado en una fuerza de trabajo que no quiere/sabe/puede pensar. En un mundo cada vez más necesitado de estructuras horizontales en las que los mandos medios tomen decisiones, nuestra educación está creando un personal capacitado únicamente para dejar todo el pensamiento a su jefe. En otras palabras: tenemos un recurso humano que delega hacia arriba.

Este trabajador busca desesperadamente evitar riesgos y acumular años de labor con la menor cantidad de heridas posibles. Su objetivo es obtener un currículum que diga “20 años de experiencia en…”, aunque en realidad esa vivencia no le haya servido de nada, pues ha sido simplemente el mismo año repetido 20 veces.

¿Cómo cambiar? Entre otras muchas cosas, a través de una educación que incorpore el pensamiento crítico desde temprano. En los tres primeros años de la escuela deberíamos, en vez de tratar de acaparar una gran cantidad de material, aprender muy bien lo muy básico. Y a este conocimiento esencial habría que incluirle el debate, elemento que debería ser tan importante para los niños como sumar, restar, leer y escribir.

En secundaria, la mitad de una clase debería ser para presentar nuevos conceptos y la otra mitad para debatirlos. Así se obligaría al maestro o profesor a ser sólo un facilitador, no Dios. 

Esto no garantiza que todos los que salgan del colegio sean fanáticos de pensar, pero al menos convertirá a este hecho supremamente humano en un acto maravillosamente común.

El autor es director de Phocus Branding

 

 
 
 
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