Edicion N° 752 | 30 de octubre de 2012
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EL DORADO ESTÁ EN PANAMÁ



BIODIVERSIDA

ÁLVARO SANTANA
alvaro.santana@prensa.com

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TERRENO. El doctor Omar López de Indicasat en el  humedal de San San Pond Sak, en Bocas del Toro. Cortesía de Indicasat

Brasil, el país con mayor diversidad biológica del mundo, ha apostado por hacer de la protección de su riqueza natural un negocio. Su Ministerio de Medio Ambiente se ha propuesto identificar centenares de especies vegetales para su comercialización sostenible. La idea es conservar este patrimonio para aprovecharlo.

Panamá, según el último  Informe Nacional de Biodiversidad (2010) elaborado por la Autoridad Nacional del Ambiente (Anam), es el vigésimo octavo país del mundo con mayor diversidad biológica. En relación a su tamaño, ocuparía  el décimo lugar. Posee  más tipos de animales vertebrados que cualquier otro país de Centroamérica o el Caribe; y mayor número de especies de aves que  Estados Unidos y Canadá juntos. Pero, sobre todo, Panamá tiene 21 veces más especies de plantas por kilómetro cuadrado que Brasil.

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero en este caso cabe preguntarse: ¿Es consciente  el país del potencial económico que tiene en su rica biodiversidad?

Según el estudio Building Biodiversity Business, publicado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y Shell International, la inversión privada es esencial para la conservación de la biodiversidad, y para ello, nada mejor que ofrecer ideas para beneficiarse de forma responsable de los recursos naturales.

Las posibilidades abarcan actividades como la pesca y la acuicultura sostenibles, la bioprospección con fines médicos, el ecoturismo, los productos forestales no madereros o el mercado de créditos de carbono.

Una mina de oro que en Panamá, excepto unos pocos economistas, solo ven los científicos que investigan las posibles aplicaciones prácticas de la biodiversidad nacional.

Sector con futuro

Una de las voces más autorizadas del país para hablar de economía es la de Nicolás Ardito Barletta. El presidente del Centro Nacional de Competitividad señalaba en una reciente entrevista con Martes Financiero  que en Panamá “tenemos que potenciar aquellas cosas en las que podemos destacar, por ejemplo en biodiversidad, atraer farmacéuticas que usen plantas naturales para producir medicinas”, y lo equiparaba en importancia con sectores como el financiero, el logístico o el turismo.

En 2011, según la Contraloría, se importaron productos farmacéuticos por valor de $352 millones, y $131 millones en aceites esenciales, preparaciones de perfumería o de cosmética. En el lado opuesto, solo se exportaron $16 millones del primer capítulo y $1.7 millón del segundo.

Un gran desequilibro de la balanza comercial para un sector que, según los expertos, podría desarrollarse tanto para el consumo interno como para exportación. Dos son los condicionantes para que pueda crecer un sector industrial alrededor de la biodiversidad: la formación de científicos y la inversión privada.

Se hace ciencia

Edgardo Enrique Díaz-Ferguson es investigador de la Unidad de Ecología del Instituto de Investigaciones Científicas y Servicios de Alta Tecnología (Indicasat). Es panameño y científico, algo que hasta hace pocos años parecía casi impensable.

Díaz-Ferguson trabaja actualmente en un proyecto para crear un protocolo, “de momento para Estados Unidos, pero podría ser mundial”, sobre investigación de ADN aplicado a crímenes ambientales y temas forenses, “es casi como un CSI acuático”, señala. Acaba de publicar el libro Ecología molecular marina. Aplicaciones y perspectivas.

“La diversidad en Panamá es enorme, hay muchas especies que a nivel de aislamiento de compuestos aún no se han tocado”, dice este científico, formado entre Panamá, Estados Unidos y España.

En su opinión, el impacto de la investigación en la economía nacional “es inmenso”, dice, ya que  “una investigación no solo tiene a un investigador principal que cobra un gran salario. Tiene becarios, un asistente, un chofer... todos se ven beneficiados. Generas trabajo, conservas la diversidad y aumenta el valor de la economía”.

Por eso, cree que “hay que motivar a los empresarios para que apoyen la investigación, que además muchas veces es deducible de impuestos”.

A nivel privado  solo hay unas pocas  farmacéuticas investigando, y siempre a través de alguno de los organismos o instituciones que  trabajan en el país: Indicasat, Instituto Gorgas, Health Research International, etc.

La mayoría de estos trabajos están hasta el momento centrados en bioprospección —la detección de compuestos en organismos vivos—, “que tiene una comercialización bárbara”, dice Díaz-Ferguson.

El investigador, sin embargo,  es consciente de que la comunidad científica tiene que “venderse” mejor a los políticos, a los empresarios y a la sociedad en general, “para explicarles la  connotación comercial de lo que hacemos”.

Una de las personalidades científicas más relevantes de Panamá es el doctor Mahabir Gupta, director de Ciflorpan, Centro de Investigación Farmacognóstica de la Flora Panameña de la Universidad de Panamá.

El Ciflorpan lleva más de 35 años estudiando la flora panameña y la biodiversidad del país. “Hemos realizado estudios de bioprospección para identificar moléculas de interés farmacéutico y nutracéutico (alimentos beneficiosos para la salud)”, señala el doctor Gupta.

Entre sus principales logros, el departamento que dirige ha identificado 25 plantas  activas contra el cáncer y detectado varias moléculas nuevas, todo ello dentro de un programa incluido en los Grupos Internacionales Cooperativos de la Biodiversidad para Panamá.

El Health Research International  es un organismo sin fines de lucro, que lleva a cabo trabajos clínicos en comunidades del interior, sobre todo relacionados con vacunas. Su directora, la doctora Arlene Calvo, asegura que “la investigación clínica ha ido creciendo, y de ser un par de personas hemos pasado a cientos en una década”.

“Hay  mercado y la biodiversidad juega un rol muy importante, por eso también debemos proteger el medio ambiente”, advierte la doctora.

Sector privado

Lo cierto es que poco o nada es lo que desde el sector privado panameño se invierte en investigación de la biodiversidad.

Latam Trials es una empresa que realiza estudios clínicos biológicos, cosméticos y farmacéuticos para terceros en la región andina, Caribe y Centroamérica. Yohanna Granados, jefa de operaciones de la compañía, afirma que, “hasta el momento no hemos desarrollado protocolos de investigación con productos naturales”, aunque considera que su desarrollo debe ir precedido de los correspondientes estudios clínicos, “para  garantizar al paciente seguridad y eficacia”.

Desde el sector farmacéutico tampoco se investiga la diversidad panameña para su aplicación medicinal. Los laboratorios apenas tienen un pequeño departamento que comercializa plantas medicinales, aunque farmacias como El Javillo cuentan con un generoso espacio para este tipo de productos, “que consume en su mayoría la gente de más edad”, aseguran desde uno de sus establecimientos.

Lafsa es una laboratorio veterano en el país. Aunque  hace años contaban con algunos productos naturales elaborados aquí, ya no disponen de ellos,  “porque  es muy costoso para nosotros enviar a las universidades  el método de análisis para que nos autoricen su comercialización”, dice Ricaurte Ortiz, asesor administrativo de la compañía.

En su opinión, investigar en  una empresa “cuesta muchos millones, requiere mucha gente dedicada al 100%, que estudia cientos de productos y, con suerte, consigue uno con aplicación comercial, aunque ese uno puede dar mucho dinero”.

Por el buen camino

La realidad es que Panamá tiene una  trayectoria internacional en cuanto al desarrollo biomédico de nuevos compuestos. Aquí se han estudiado vacunas contra la malaria con recursos locales y de Estados Unidos; se han investigado enfermedades tropicales desde la construcción del Canal: Chagas, leishmaniasis, dengue, fiebre amarilla. Las líneas de investigación actuales se orientan a la búsqueda de compuestos contra enfermedades crónicas: cáncer, VIH, diabetes, etc.

Los científicos consultados coinciden en que en Panamá hay infraestructura (heredada a veces de investigaciones financiadas con capital extranjero) y buenos profesionales para que el sector pueda crecer, pero el principal déficit está en la ausencia de un programa financiero estable y de largo plazo.

¿Qué hay de las patentes?

El organismo que fiscaliza las investigaciones científicas en Panamá es la Anam, y más concretamente la Dirección de Áreas Protegidas y Vida Silvestre, a través de la Unidad de Acceso al Recurso Genético (Unargen).

Cualquier organización, empresa o científico individual que quiera investigar en el país debe pasar por aquí y obtener el permiso. El trámite es sencillo y barato, apenas $15 por cada investigador, y rápido, 45 días como máximo siempre que se cumplan los requisitos exigidos, según establece la Ley 25 de abril de 2009 que regula el aprovechamiento de los recursos naturales y que establece, además, que todas las investigaciones realizadas en territorio panameño deben contar con, al menos, un investigador nacional.

Darío Luque trabaja en Unargen. Según este biólogo, “los beneficios de la investigación científica no necesariamente tienen que ser económicos. Las posibilidades que brinda a los estudiantes de conocer científicos extranjeros y de estudiar fuera es un beneficio no cuantificable pero de alto valor para el país”.

En un plano más tangible, la Unargen es la encargada de negociar los contratos de explotación comercial de los posibles descubrimientos. Antes de conceder el permiso se fijan los porcentajes de las patentes, las regalías y los beneficios para cada una de las partes.

“Damos muchas facilidades para la investigación”, dice Luque. “Cuanto más cerrado es un país y más complicada la negociación, más difícil es que vengan”. “A nivel mundial somos de los primeros en la concesión de permisos”, agrega Alexander Montero, compañero de Luque en Unargen.

Ambos coinciden en que conseguir comercializar un producto “puede requerir años de investigaciones”, y ese es el motivo de que Panamá, de momento, no haya recibido regalías, “porque nada de lo que se ha investigado aquí ha llegado aún a su fase comercial”, apunta Montero.

Sin embargo, se muestran optimistas de cara al futuro “porque hay solicitudes de permisos constantemente”.

Su departamento trabaja con un objetivo muy claro: conseguir que los científicos no se lleven las muestras fuera, sino que hagan las investigaciones aquí  y, cuando termine el proyecto, el equipo quede en el país para el futuro.

Con todas las cartas sobre la mesa solo falta que llegue inversión privada y desde la administración se fomente el sector. ¿Será Panamá algún día como Brasil? Por tamaño y población, evidentemente no, pero por biodiversidad, no está  lejos.

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