informe central
LA INFLACIÓN SOPLA EN LAS PROVINCIAS |
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FRUSTRACIÓN. Los productos de la canasta básica cada vez son de más difícil acceso para el interiorano común. LA PRENSA/Luis García
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Luis Monteverde, Matito para sus familiares y amigos, con 67 años de edad estaba en la parte más alta y copiosa del “palo” de mango sembrado en el patio trasero de su casa en Pocrí de Aguadulce, provincia de Coclé.
A las 11:30 a.m. de un viernes septembrino, él ya había podado las ramas bajas y quitado las malezas del medio que impedían la vista hacia el otro lado de la acera, un paisaje con el talante para insertarlo en un afiche sobre la campiña interiorana.
“Estoy acá arriba haciendo un trabajito. En un momento con mucho gusto lo atiendo”, gritó desde la copa del árbol donde le echaba el repaso final a su trabajo de toda una mañana.
Al bajar Matito, sombrero en mano, sudor en la frente y voz agitada, habló de la manera cómo “alguien intentó meterse en el depósito de la casa, por lo que tuve que arreglar el palo de mango. Quiero tener más visibilidad. En estos días voy a instalar una luz reflectiva que alumbre todo mi patio”.
Dedicado a la construcción desde hace más de 45 años, Matito se queja de la inseguridad creciente en Coclé, consecuencia adicional del alto costo de la vida en lugares diferentes a la capital. “Vaya usted a saber si a esa persona no le alcanza con lo que tiene en su casa”.
La visita indeseada que reseña el constructor, también sirve de referencia para ponerle un rostro a la inflación que se siente en otras provincias del país ajenas a la de Panamá. Es el nuevo miembro de los hogares interiorioranos, que desde hace unos años llegó para quedarse a sus anchas. Tiene un tamaño parecido a los índices inflacionarios de la capital.
La diferencia entre ambas regiones es apenas de 0.1%, según Rolando Gordón, decano de la Facultad de Economía de la Universidad de Panamá. “El año pasado, el país tuvo un índice definitivo de 6.0%; mientras que más allá del puente de las Américas fue de 5.9%”.
Es casi un empate por todo lo alto en comparación con el costo de la vida de los vecinos más cercanos, Costa Rica y Colombia. El primero apuntó un registro de 4.74%; y el segundo llegó a 3.73%.
El consuelo está en Nicaragua, con un consolidado de 7.3%, el más abultado de Centroamérica.
El fenómeno tiene un factor extra que agrava su situación en el país del istmo: la diferencia salarial por regiones. “En 3 mil dólares se encuentra el ingreso promedio anual de las personas que residen más allá del puente de las Américas. Y 10 mil dólares promedio reciben los habitantes de Colón y la capital”.
Matito, si hubiera sorprendido en el acto al visitante inesperado, le habría reñido durante media hora, por lo menos. En respuesta, quizás, habría recibido explicaciones en lenguaje común, arrepentido, pero parecidos a los argumentos que explican las consecuencias de la inflación según Omar Sanabria, economista de la firma consultora Goethals.
Se afecta la capacidad de cumplimiento frente a los compromisos adquiridos.
Una persona normal y sin mayor comprensión en temas económicos, que de pronto son muchas más en las demás provincias, “aducirá una imposición elevada que impacta de forma negativa en su presupuesto y se verá en la obligación de hacer una reasignación de bienes y servicios. Es decir, priorizar en las obligaciones a cumplir por encima de otras. Las demás se quedarán sin pagar o las afrontará después”.
Refrigerar el trópico
Los precios de los bienes y servicios panameños se “congelaron” hasta los primeros años del presente siglo. Desde la década de 1950 hasta el año 2001 la inflación era insignificante y apenas sí superaba el 1.5% anual, recuerda Rolando Gordón.
“Hasta hace 10 o 12 años era muy fácil obtener un préstamo bancario para adquirir bienes y servicios con plazos a 30 años. Se podía comprar una vivienda con reducidas tasas de interés. Y se debe tener en cuenta las tasas de desempleo de principios de este siglo, cercanas al 15%”.
Tanto la reversión del Canal como de las áreas en manos de Estados Unidos, afirma Gordón, impulsaron un crecimiento económico sin precedentes cuyo pico más alto fue de 10.6% en 2008.
En la última década se han activado sectores de la economía que cada vez precisan de más trabajadores. La disminución actual del desempleo a una tasa anual de 3.8% les procura a las personas una mayor capacidad de compra porque quieren alcanzar un mayor bienestar.
“Estas presiones se pueden traducir en el aumento de los precios de la canasta básica familiar”.
Antes de la entrega del Canal, el tema de la inflación era incapaz de generar alguna preocupación en los sectores económicos más sólidos del país. Era como hablarle de fertilidad a un niño de cinco años. .
“Yo trabajaba en el Chase Manhattan Bank, y no reparábamos en ella. En los presupuestos que hacíamos en nada se la tenía en cuenta. Mucho tiempo después, cuando ya no estaba en la banca, vi que ella aparece de forma considerable, y se trasladó a las otras provincias”, recuerda Luz María Salamina, gerente general de la Asociación Panameña de Crédito.
Se desplazó al interior porque allá era insuficiente la producción de bienes y servicios, y entonces debían “importarse” con sus precios desde la capital.
Los productos llevados empezaban a incluir los altos costos generados “por los derivados del petróleo, la gasolina, los medios de transporte y los insumos agrícolas, entre otras variables, cuyo registro se sintió en los supermercados, el comercio y los servicios de entretenimiento y otros”, asegura Rolando Gordón. (Ver recuadro: Comparativo de precios en provincias).
Isabel Vega enrostra como nadie el apalancamiento descrito por Gordón. Maestra de escuela, próxima a la jubilación, con un matrimonio de 49 años de vigencia, cada 15 días, los sábados, hace el “súper” en Santiago de Veraguas.
En el año 2000, a ella le alcanzaba con 90 dólares para llenar la nevera y la despensa. Se acuerda con nostalgia de que en el baúl y el asiento trasero del carro casi no cabían las bolsas con los apios asomando la cabeza y las carnes frescas con sus aromas que invitan a consumirlas de inmediato.
El pasado sábado 15 de septiembre de regreso a casa del supermercado, la maestra Vega cayó en la cuenta de que iba vacío el interior de su Hyundai Elantra. A lo sumo llevaba 15 bolsas en el portaequipajes. Gastó 298 dólares.
La subida en el segundo presupuesto en comparación al primero representa también un alza de 231% en el bolsillo de la maestra, un incremento muy por encima de cualquier proyección económica.
Es un precio definitivo que tiene en cuenta la construcción de nuevas barriadas y hoteles, la pavimentación de más carreteras (Yaviza – Las Tablas en la provincia de Herrera), la ampliación de la malla vial, la tan anunciada expansión del aeropuerto en Chiriquí y la inauguración de otro en Río Hato por parte del Gobierno y, sobre todo, la afluencia masiva de extranjeros en búsqueda del turismo interiorano. Cientos de ellos se quedan para siempre. Tan solo en Pedasí residen 200.
De mil a 10 mil
Experto en asuntos financieros y con una sólida trayectoria bursátil, ocupante de un importante cargo en un banco panameño, Valentín Solis desde niño se conoce de arriba a abajo la provincia de Los Santos.
Él se preocupa por el bienestar de personas cercanas a su familia, habitantes de la región de Azuero donde se ha dado la apertura de negocios tales como casinos y droguerías.
“A veces el salario se les queda corto para pagar las obligaciones de la casa, la escuela de los hijos o el carro que pagan a cuotas”.
Le parece increíble el aumento espectacular del precio de una hectárea en Pedasí. Pasó de mil dólares en 2006 a 10 mil dólares en la actualidad.
Y padeció los efectos de la inflación hace dos meses con un paseo familiar por una playa ubicada a 45 minutos por carretera desde Pedasí. “Al mediodía fuimos a comer a un restaurante y pedimos dedos de queso, papas fritas y sodas para cuatro personas. La cuenta salió en 80 dólares”.
Debe ser paulatino el crecimiento del turismo en lugares diferentes a Panamá. Su desarrollo no tiene por qué ser muy abrupto, o de lo contrario tomará por sorpresa a otros sectores de la economía.
“Repercutirá en las dinámicas que por costumbre tienen las demás regiones del país. E incluso se puede llegar a trastocar su cultura”, asegura Irvin Halman, presidente de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá.
El último festival de las 1000 polleras, celebrado anualmente en Las Tablas, capital de Los Santos, a consideración de Halman es una solución apropiada para que los dólares del turismo extranjero puedan permear las otras industrias.
Organizar esa fiesta allá fue una decisión acertada. “Es más, propongo que le cambien el nombre al de Festival de las 5 mil polleras por el número de concursantes y la cantidad de público presente, factores que recuperaron una industria [confección de trajes típicos] que venía en descenso”.
Diferente suerte
En Chiriquí se sienten incómodos con la capacidad de gastos entre el visitante foráneo frente al turista local. Son presupuestos desproporcionados.
El turista local se ve contra la pared al resentir el “encarecimiento de los precios, porque los mismos han aumentado en 40% y 50% en transporte, hospedaje y alimentación”, asegura Erick Orribarra, gerente de la Cooperativa de Turismo Coopetur.
Orribarra afirma no haber obtenido apoyo del Gobierno, y que él mismo ha puesto en marcha proyectos y planes encaminados a obtener mejoras económicas.
La inflación siempre será un factor de encarecimiento de cualquier producto y se debe hacer lo posible para su control, considera Ernesto Orillac, subadministrador de la Autoridad de Turismo de Panamá.
A través del fortalecimiento de la interconectividad nacional mediante la construcción de aeropuertos y la puesta en marcha de obras de infraestructura vial, Orillac estima que se pueden contener los precios del turismo.
“De esta forma mantendremos nuestro producto en un estado bien competitivo, y podremos establecer paquetes turísticos con precios por debajo de otros competidores como Costa Rica y Colombia”.
La industria agrícola chiricana, en otra época considerada de las más prósperas, se ve superada con la escalada de precios. Está pasando por serios problemas. “Hemos hecho varias jornadas de protesta para que nos apoyen, porque ahora se han incrementado los costos de los insumos, el combustible y demás factores de producción”, asegura Virgilio Saldaña, presidente de la Asociación de Productores de Tierras Altas.
Con una cifra, Saldaña retrata el panorama agrícola de la provincia: vender un saco de papa en 18 dólares le cuesta al productor más de 20 dólares.
El alza en el precio de los alimentos, el desequilibrio entre el turismo y algunos sectores económicos, el aumento en la capacidad de gasto de los interioranos, en otras palabras el aumento en el costo de la vida, tienen un “carburante” adicional en el encarecimiento de servicios básicos como la salud.
La gente desconfía de las bacterias que se propagan en los hospitales, y tiene reservas en cuanto a la calidad de la atención al paciente. “Antes usted hacía uso del Seguro Social o de una policlínica y lo atendían en 45 minutos. No tenía que pagar 10 dólares por consulta ni tampoco los medicamentos consiguientes que cuestan en promedio 30 dólares”, denuncia Yakarta Ríos, experta en consumo.
Panamá oeste
Empresarios y comerciantes en Panamá oeste se han ajustado el cinturón ante el continuo incremento en el precio del combustible y de materias primas para la producción agrícola. Algunos han optado por diversificar sus actividades para generar más ingresos.
A comienzos de 2012 se previeron las variaciones de precios en el sector comercial e industrial de Panamá oeste.
“Muchos comerciantes realizaron ajustes en los precios de sus productos buscando compensar gastos y mantener un margen aceptable de ganancias”, recuerda Valentino Reefer, presidente de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura, capítulo de Panamá oeste.
No obstante la variación en el precio de productos como el pollo, asegura Reefer, quien también administra una franquicia de comidas rápidas, ha significado un aumento notable en el presupuesto anual de gastos.
Los gastos se elevaron hasta en mil 500 dólares mensuales, que han sido asumidos “por la empresa en vez de traspasarlo a los consumidores, aunque no siempre es posible”.
En el puerto de Vacamonte la situación también es compleja para los dueños de barcos camaroneros.
El 55% de sus gastos corresponde a combustible.
Según Gustavo Justines, propietario de la empresa Pesca Fina S.A., el margen de rentabilidad de una embarcación se ha reducido “enormemente en parte por las continuas alzas en el precio de los carburantes”.
Años atrás, la operación de una embarcación era de máximo 90 mil dólares anuales. “Este año se han alcanzado los $140 mil”.
Matito se preocupa con moderación de los precios de los materiales de construcción y de la mano de obra.
Ambos se han duplicado en los últimos 10 años. Pero abre los ojos con la escasez de mano de obra. “Los jóvenes quieren dedicarse a otras cosas”.
Esas otras cosas pueden ser el turismo, la banca o la industria marítima y portuaria, todas ellas concentradas en la capital del país.
Si el presente es desalentador, sobre el futuro empieza a tener pocas esperanzas.
Con colaboración de Eric Montenegro y Sandra Rivera
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