Edición No. 399 | 8 DE NOVIEMBRE DE 2005
 
 
 
Tema de portada
 
La pollera y sus riquezas
 
Una industria ligera trabaja a toda máquina para confeccionar el traje típico nacional, uno de los más selectos del mundo 
 
ELIZABETH GARRIDO A. 
egarrido@prensa.com 
 

LA PRENSA I Maydée Romero

PASIÓN. Las “polleras ganadoras” se diseñan y confeccionan cuidando cada detalle de principio a fin. Ese es el estilo de Elia Vergara.

LA PRENSA I Maydée Romero

EXPORTACIÓN. “Mis polleras han traspasado las fronteras panameñas”, dice Lastenia Vergara

LA PRENSA I Maydée Romero

NOVEDADES. En Panamá va en aumento la confección de vestidos con detalles de la pollera nacional. Fanny Vergara es una de las artesanas que hace este tipo de confecciones.

LA PRENSA I Maydée Romero

LUJO. Se calcula que las prendas principales de la pollera panameña tienen un valor superior a los 20 mil dólares.

A primera hora de la mañana, cuando todavía no termina de salir el sol, en los portales de San José, uno de los pueblos del distrito de Las Tablas, unas mujeres con aguja en mano trabajan afanosamente.

La confección de polleras –tarea que las ocupa– requiere paciencia, pero sobre todo mucho detalle y visión. El lugar de trabajo es sencillo: una silla, varias telas e hilo en abundancia; el pequeño taller de costura se instala en cualquier sitio de la casa, especialmente donde haya más luz y ventilación.

En cada casa, prácticamente, hay un taller; y eso que se trata de un pueblo de 640 habitantes (305 son mujeres).

Tras la aparente quietud matinal de San José –cuna de las mejores polleras del país– reinan la concentración y la prisa porque en noviembre, al igual que para carnavales y para la fiesta de Santa Librada, la demanda de trajes típicos aumenta.

A veces los clientes solicitan cuatro o siete polleras para un mismo mes. Por eso no se puede dejar de tejer, dice Epifania “Fanny” Vergara, artesana del lugar, mientras se acomoda en su mecedora para seguir entrelazando hilos.

Las microempresarias dedicadas a la confección de polleras no se dan abasto y tienen que contratar a otras artesanas –con menor experiencia– para que las ayuden a hacer cada parte del traje típico.

Es por eso que la actividad de tejer empieza al alba y termina –algunos días– a la medianoche, durante todo el año. Confeccionar una pollera puede demorar de siete a nueve meses o más, dependiendo del diseño y de la cantidad de personas que participen en su elaboración.

Se trata de una industria ligera, que si bien maneja pequeños volúmenes de materias primas y elabora productos de consumo directo, se ha desarrollado con dinamismo en la última década.

Es difícil precisar la cantidad de polleras –de lujo, blanca, montuna, entre otras– que se hacen en Panamá. Pero las artesanas del tradicional traje aseguran que la demanda se duplicó en 10 años.

De igual forma aumentó el número de mujeres que se dedica a la actividad, principalmente en San José y poblados aledaños, como Santo Domingo, San Miguel, Bajo Corral y, más allá de Las Tablas, en la Enea de Guararé.

Talleres

Fanny, de 57 años de edad, se levantó temprano el pasado 31 de octubre –a eso de las 4:30 a.m.– para seguir con la faena durante el día. “Ya entregué un pedido y me falta entregar otras cinco polleras para carnavales”, dice.

La mayor demanda se da en la confección de polleras de lujo o de gala, que por cierto es la más costosa porque está totalmente decorada, ya sea con punto de cruz, bordada (zurcida) o sombreada con calados.

Los talleres de costura que las confeccionan funcionan así: el cliente solicita el traje a la microempresaria (usualmente de renombre por la calidad del trabajo que entrega), y ésta subcontrata a otras artesanas (entre dos y diez, según la demanda) para que elaboren distintas partes de la prenda.

Cada artesana subcontratada trabaja en su casa o bien en compañía de la microempresaria que la contrató.

Cuando todas las partes de la pollera –cuerpo y ruedo de la falda con sus trencillas de mundillo, al igual que otros elementos de la blusa y las enaguas– están terminadas, la microempresaria se encarga de unirlas.

Ese es el proceso más importante, asegura Elia Vergara, de 47 años de edad, quien empezó a confeccionar y “armar” polleras hace 20 años.

Más que ovillos

La sonrisa de Elia tras cada puntada revela su satisfacción por lo que hace. Se ha convertido en una experta del negocio: este año sus diseños y confecciones se llevaron todos los premios nacionales al mejor traje típico panameño.

A la fecha, Elia ha aceptado 47 encargos de polleras que deberá entregar poco a poco hasta el mes de septiembre de 2006.

Con razón hasta seis mujeres trabajan para el taller de Elia en la confección del traje nacional, de lo contrario sería “imposible” sacar adelante una producción que mantenga altos estándares de calidad en el tiempo estipulado.

La confección del vestido requiere un cuidado tan minucioso que –una vez terminada– no se encuentran hilos sueltos ni nudos en su revés.

Las artesanas que están en este negocio se queman las pestañas y se desgastan la vista con rapidez a cambio de poco dinero.

De acuerdo con los “salarios del mercado”, cada artesana subcontratada cobra entre 30 y 45 dólares por cada yarda de tela marcada. Por lo regular, se necesitan 13 yardas marcadas por traje.

Significa que los costos de la mano de obra –que en los últimos 20 años aumentaron un 30%; antes se pagaba 10 dólares por cada yarda– son un renglón importante del presupuesto de las microempresas.

Costos arriba

Los costos de la mano de obra no son los únicos que se incrementaron. El precio de los materiales también aumentaron “súbitamente”.

Lastenia “Teña” Vergara, decana en la confección de polleras de San José, ha visto cómo el precio del traje típico pasó de los 600 dólares hasta superar los mil dólares debido al encarecimiento del hilo, la tela de holán de lino y los encajes valencianos, materiales imprescindibles para elaborar la pollera de gala.

Por las manos de Teña –que tiene 69 años de edad y más de 50 de estar en el negocio– han pasado más polleras que meses en el calendario.

Aunque ya perdió la cuenta del número de polleras confeccionadas, Teña recuerda que “antes” la yarda de tela de hilo para hacer el vestido típico costaba dos dólares con 75 centavos. Ahora cuesta entre 15 y 20 dólares.

Ni hablar de los ovillos y cajas de hilo. A partir de este mes de noviembre, por ejemplo, una caja de hilo que en promedio costaba 4.50 dólares costará unos 5.20 dólares.

Precios

Estos costos y otros más justifican –según Teña– el precio actual de las polleras. Las más baratas en el mercado local tienen un valor aproximado de mil 200 dólares, pero pueden llegar a cotizarse en 2 mil 500 dólares o más. El precio del traje dependerá de su categoría.

Una pollera de talco en sombra completa cuesta entre dos mil 750 y tres mil 300 dólares. Mientras que una pollera blanca de letín o sin labores puede costar de 400 a 600 dólares.

Las microempresarias de esta industria deben sacar muy bien sus cuentas para poder obtener ganancias. Por eso cobran entre el 25% y 50% del precio final del traje por adelantado.

Al final, dice Teña, la ganancia oscila entre los 200 y 300 dólares “cuando mucho”.

Pareciera que el esfuerzo y el tiempo invertido en este trabajo no justifican el beneficio que obtiene cada microempresa.

Por tal motivo, hay quienes optan por trabajar en función del volumen (mayor cantidad de trajes), aunque esto es “riesgoso” para mantener la calidad de la pollera, lo cual perjudica a toda la industria, explica Teña, quien dejará el negocio el próximo año debido a las “presiones” de la demanda y la competencia.

Competitividad

En el patio de una casa de San José de Las Tablas está Lilia de Cedeño, quien con escoba en mano afirma: “en este pueblo todo el mundo hace polleras”.

Y no solo en ese pueblo, en otros también.

La artesana Edicta de Herrera vive en Santo Domingo de Las Tablas. En el portal de su casa teje apresurada porque tiene varios peticotes (enaguas) que entregar para las celebraciones de fiestas patrias.

Ella es una de las artesanas que –aunque también elabora polleras completas– recibe encargos de piezas separadas para los trajes de sus clientes.

En este mercado las artesanas se especializan. Algunas, que trabajan por subcontratos, reciben varios encargos de piezas de la pollera de distintas microempresarias.

Este “fenómeno” ha ido en aumento en los últimos cinco años, tras la promoción del traje típico nacional en ferias y eventos folclóricos del país, lo que ha hecho que aumente el interés por las polleras.

Pero tanta competitividad genera estrés, dice Teña. Especialmente cuando “dependes de otra artesana para entregar el traje”, agrega.

Cada microempresaria se compromete a entregar la pollera en una fecha pactada y por cuestión de mantener su buen nombre (algo así como su sello personal) debe cumplir con su palabra.

La industria trabaja a toda máquina. Algunas artesanas dicen que la faena vale la pena porque “si el barco no se mueve no da flete”.

En cambio otras más apasionadas afirman –entre salomas y ajé y ajá– que su recompensa es la satisfacción de ver volar sus diseños en una empollerada, una manera artística de decir: ¡Que siga la tradición!

Un producto de exportación

Las polleras panameñas son bien cotizadas en el mercado internacional. Artesanas locales exportan el traje típico a clientes que viven en Houston y Miami (Estados Unidos), México, Alemania y otros países del continente africano.

De acuerdo con la clasificación de las polleras, las que registran mayor demanda para exportar son las de gala marcadas. Aunque también hay interés por otras que se consideran de “medio lujo”, como las confeccionadas con letín.

Debido al interés que ha despertado el traje típico panameño hay artesanas que desde un par de años empezaron a comercializar vestidos con detalles de la pollera, desde camisas sencillas hasta vestidos completos.

Estas confecciones se utilizan para bodas o fiestas especiales. Los precios varían, pero en promedio van de los 150 dólares hasta los 900 dólares.

El lujo de la pollera de gala

Las polleras no se venden en tiendas. Se trabajan con las medidas exactas de quien las lucirá. Las hay para todos los gustos y bolsillos.

Los precios varían según las labores que el cliente elija y no del tamaño de la prenda. Al precio fijado para cada pollera hay que sumar el costo de los peticotes, los tembleques y las joyas.

Nelson Vergara, especialista en la confección de tembleques, dice que una “cabeza completa” cuesta entre 90 y 200 dólares.

El costo de los materiales para elaborar los tembleques asciende en algunos casos hasta los cien dólares, si se utilizan cristales de roca o piedras de vidrio.

En el caso de las joyas, su valor es difícil de calcular porque estas pueden ser de plata bañadas en oro o de oro de diferentes quilates. Sin embargo, se calcula que las prendas principales del traje típico tienen un valor de 20 mil dólares.

Para vestir una pollera de gala se requieren siete cadenas (se pueden usar tres), un peinetón, un par de peinetas de brillo y de balcón, un par de zarcillos, tapahueso y las hebillas (de oro) de los zapatos de raso. La infografía describe las partes y los precios estimados de los accesorios de una pollera de gala.

 

 
PUBLICIDAD
 
 
 
     

OTROS TEMAS
En el negocio de los números
Soñar sí cuesta
A exportar mangos
 
PANORAMA
¿Otra Evita en Argentina?
 
RELIEVE
En tierras extranjeras
 
ENTREVISTA
Los contratiempos de un defensor
 
ACTUALIDAD
Toyota vence a Detroit
 
 Tema de portada
 
 
A primera hora de la mañana, cuando todavía no termina de salir el sol, en los portales de San José, uno de los pueblos del distrito de Las Tablas, unas mujeres con aguja en mano trabajan afanosamente.

La confección de polleras –tarea que las ocupa– requiere paciencia, pero sobre todo mucho detalle y visión. El lugar de trabajo es sencillo: una silla, varias telas e hilo en abundancia; el pequeño taller de costura se instala en cualquier s...
[ver más]
 
 
Corporación La Prensa. Todos los derechos reservados.