Edición No. 393 | 27 DE SEPTIEMBRE DE 2005
 
 
 
PANORAMA
 
LABERINTO DE CORRUPCIÓN
 
Luiz Ignacio “Lula” da Silva está en el ojo de la tormenta. Algunos cuestionan su comportamiento y advierten que es fácil ser honesto cuando no se está en el poder 
 
JORGE CASTAÑEDA 
PROJECT SINDICATE 
 

EFE

DENUNCIA. Al Partido de los Trabajadores se le acusa de soborno y la figura del Presidente de Brasil encaja en las movidas.

La corrupción no es exactamente un fenómeno nuevo en América Latina. De hecho, los escándalos de corrupción han sido una característica del paisaje de la región desde tiempos inmemoriales.

De modo que, en principio, no hay nada que deba sorprender en el actual y casi interminable drama que tiene por protagonistas al presidente de Brasil, Luiz Ignacio “Lula” da Silva, su organización política (el Partido de los Trabajadores, PT) y gran parte de la élite política del país.

No obstante, este escándalo, a diferencia de muchos otros antes de él, ocurre en un ambiente democrático consolidado, y en la izquierda.

Por supuesto, nunca ha habido razones para esperar que la izquierda sea más honesta que el resto. Es cierto que los movimientos y líderes socialistas, comunistas o castristas de América Latina tradicionalmente han denunciado los sobornos, el tráfico de influencias y los monumentales robos de los gobiernos de dictaduras tradicionales de derecha o incluso regímenes constitucionales centristas. También es innegable que la izquierda, habiendo estado muy pocas veces en el poder, ha tenido menos oportunidades de meter mano a los tesoros nacionales para una finalidad u otra.

A medida que la izquierda latinoamericana logra acceder a más gobiernos -hoy en Brasil, Chile, Venezuela, Uruguay, parcialmente en Argentina, y quizás México, Bolivia y Nicaragua en un futuro próximo-, no hay razones para pensar que sea inmune a los eternos males de la región.

Claramente, la izquierda brasileña, como sus contrapartes venezolana, uruguaya, mexicana y boliviana, no ha sido vacunada contra la corrupción. Si la izquierda de Chile parece ser un tanto impermeable a esta tendencia, eso tiene que ver mucho más con la historia y cultura del país que con sus partidos socialistas.

Por tanto, no sorprenden demasiado las acusaciones -y hechos- sobre las flagrantes violaciones del Partido de Trabajadores a las leyes de financiamiento de las campañas brasileñas, junto con sus aparentemente descarados intentos de comprar votos en el Congreso (algo no muy distinto a lo que ocurre en democracias más maduras).

Hay otra explicación para la tragedia de Lula. Una cosa es que la corrupción prolifere y los sobornos se generalicen en todo un gobierno a la sombra de una dictadura y un régimen autoritario.

(No hay manera de saber realmente cuán corruptos fueron o son los regímenes de izquierda en Cuba, Nicaragua o Venezuela). Un asunto muy diferente es que esto ocurra en un ambiente radicalmente distinto, en el que la transparencia, la libertad de prensa, un Congreso independiente y una vibrante sociedad civil están bien asentados, como ocurre hoy en Brasil, México o Chile.

La paradoja del actual escándalo de corrupción en Brasil, y de la corrupción generalizada de la izquierda mexicana en la Ciudad de México, es que la llegada de la democracia, que ha quitado el velo de la corrupción, la ha documentado y ha centrado la atención en ella, es en gran medida un producto de la lucha de la izquierda a lo largo de las últimas dos décadas en ambos países. Sin la izquierda, es poco probable que la democracia hubiera llegado tan rápido, o que se hubiera arraigado tan sólidamente como parece ser el caso en la actualidad. No obstante, la izquierda parece no haberse percatado de que la democracia y la transparencia se aplican a ella tanto como a la derecha o a cualquier otro.

¿Sobrevivirá Lula a la marea de acusaciones y revelaciones que plagan su gobierno hoy en día? ¿Será elegido el año próximo como presidente de México el ex alcalde de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador, a pesar de la escandalosa corrupción que caracterizó su administración?

Las respuestas dependen principalmente de la extensión del escándalo y los hechos, pero también en la actitud un poco harta de muchos latinoamericanos frente a las acusaciones de corrupción: todos lo hacen, y la izquierda no es peor que los demás.

Jorge Castañeda fue ministro mexicano de Relaciones Exteriores y actualmente es candidato a la Presidencia de México.

 

 
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