|
TEMPESTAD. Las inundaciones en el distrito de Arraiján en Panamá Oeste afectaron a casi 6 mil personas. |
|
Imagen Ampliada  |
C uando Francisco se levantó aquella mañana del 17 de septiembre de 2004, una lluvia tímida comenzaba a caer. No había terminado de despertar y en cuestión de segundos el agua comenzó a llegarle a las rodillas.
Por instinto corrió a salvar a los suyos, pero no hubo tiempo. Otras mil 405 personas también resultaron afectadas por inundaciones y deslizamientos en las comunidades de 24 de Diciembre, Pacora, Juan Díaz, Las Mañanitas, Pedregal y la urbanización Prados del Este.
“Perder todo en segundos, mirar atrás y no ver a nada es triste. No quiero pensar qué sucederá si se repite una tragedia similar en Panamá”, dice Francisco.
A un año de esta tragedia pocas son las lecciones que dejó el hecho. El país no cuenta con albergues para damnificados, la mayor parte de los recursos en las instituciones especializadas en rescates son destinados al pago de planilla y la esperanza es obtener donaciones y apoyo financiero de organismos internacionales y del sector privado.
El reflejo de las limitaciones económicas se ve en provincias como Veraguas, Coclé, Herrera y Los Santos en donde no hay equipos básicos como computadoras, autos, fax y servicio de internet, señaló el director del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc), Roberto Velásquez.
Sinaproc cuenta con un presupuesto de dos millones de dólares para auxiliar a los tres millones de habitantes en las diferentes adversidades causadas por los fenómenos naturales y casi un millón 200 mil dólares son destinados a gastos de planilla.
El consuelo, dice Velásquez, es conseguir para el 2006 unos 400 mil dólares adicionales en el presupuesto y balancear hasta donde se pueda las cargas en gastos e inversión.
A su juicio, las instituciones como el Ministerio de Salud, Caja de Seguro Social, Policía Nacional, Cuerpo de Bomberos y la Autoridad Nacional del Ambiente - que participan en los rescates- deben destinar parte de su presupuesto a situaciones de contingencia.
Responsabilidad compartida
En un año se ha atendido a 38 mil 103 personas afectadas por inundaciones, deslizamientos y caída de árboles. Usualmente en estas catástrofes los albergues son improvisados en escuelas y gimnasios.
Entre los desastres más impactantes ocurridos en Panamá se encuentran el terremoto de Bocas del Toro en 1991, el cual tuvo un impacto económico de 500 mil dólares en la región y las inundaciones en Arraiján en 2003, donde la administración de turno destinó 615 mil dólares en medicamentos y fondos para la rehabilitación de las estructuras afectadas.
Se adiciona a esta lista el terremoto de Chiriquí en el 2003 y las inundaciones en el sector Este de la ciudad de Panamá del 2004.
Pablo De La Hoya, presidente de la Asociación Panameña de Aseguradoras (Apadea), manifestó que si hoy se repitiera la experiencia del terremoto de Bocas del Toro sería desastrosa, sobre todo por la cantidad de proyectos turísticos en la región.
En los últimos 10 años alrededor de 50 millones de personas han sido afectadas por desastres naturales en América y casi 80 mil personas han perdido la vida a consecuencia de las sequías, inundaciones y huracanes.
La Organización de Naciones Unidas (ONU) advierte que más de tres mil millones de personas en el mundo están propensas a vivir una catástrofe natural. Para el organismo la mejor receta es tomar medidas de prevención para resguardar la integridad de los habitantes.
Las inundaciones del 17 de septiembre de 2005 mostraron lo vulnerable que es Panamá y demostró que el clima en el país está cambiando con veranos largos y lluvias que antes duraban una hora ahora se extienden dos horas.
Este tipo de fenómenos naturales son ahora más frecuentes en centros urbanos.
Esto no ocurre por casualidad. Son cambios climáticos que están afectando al planeta, los cuales inciden en la frecuencia de los distintos fenómenos meteorológicos.
“Se está viendo la presencia de más huracanes con mayor intensidad a nivel del Caribe, los cuales impactan de alguna manera el territorio panameño”, dijo la meteoróloga Annette Queen.
En las inundaciones, por lo general, se conjugan varias situaciones: viviendas en áreas de alto riesgo, basura en los ríos y la deforestación creciente en las cuencas de los ríos.
Plan piloto
Hay necesidad de determinar las zonas vulnerables de Panamá y en función de ello permitir el desarrollo de nuevos proyectos urbanísticos en el país. Ese es el plan hacia el cual apuntan las instituciones rescatistas, dijo el director de Sinaproc. Esa es, la razón por la cual el proyecto de reducción de riesgos ante desastres naturales comenzará por los corregimientos de Curundú, Parque Lefevre, Tocumen y Pacora del distrito de Panamá.
El proyecto es parte de un convenio firmado por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (Jica) con el Sistema Nacional de Protección Civil y el Municipio de Panamá.
Los cuatro corregimientos servirán como un plan piloto para ejecutar el proyecto en todo el país. Zonas como La Gloria de Bethania, Villa de las Fuentes, Alcalde Díaz, La Cresta y Altos del Chase en el distrito capital, así como gran parte del distrito de San Miguelito son consideradas por el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá susceptibles de inundaciones y deslizamientos de tierra.
Los abundantes ríos y lagos y los improvisados asentamientos humanos en zonas de alto riesgo han incidido significativamente en la pérdida de decenas de vidas humanas, en los últimos cuatro años, producto de los desastres naturales.
A esto se suma la falta de una política estatal y de equipos tecnológicos para prever las adversidades de la naturaleza y tomar las medidas de seguridad.
Igualmente, Sinaproc en conjunto con el Despacho de la Primera Dama está almacenando víveres, enseres y ha creado los paquetes de aseo, primeros auxilios, y bolsas de comida ante la posibilidad de un desastre en Panamá.
Sin embargo, mientras las personas no cooperen evitando tirar desechos a los ríos y los inversionistas insistan en construir urbanizaciones en zonas vulnerables a desastres de seguro se seguirá escribiendo la crónica de una tragedia anunciada.