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14 de diciembre de 2004

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La unión hace la fuerza

Generalmente nos jactamos de hablar del trabajo en equipo, cuando en la práctica éste brilla por su ausencia

Luis Eduardo Morales
MF@prensa.com

Un cuento oriental describía la historia de un pez que buscaba insistentemente el océano. Tremenda sorpresa se llevó cuando se dio cuenta que siempre había estado inmerso en él.

Las personas no somos muy diferentes al pez cuando descubrimos la importancia de los grupos en nuestra existencia.

¿Qué le parece si en esta oportunidad aprendemos, y, en el camino nos divertimos al analizar la importancia del trabajo en equipo?

José Luis Trechera Herreros, profesor en psicología del trabajo, dice que estamos tan inmersos en esta realidad grupal que no le damos importancia al trabajo en grupo.

Si realizáramos una descripción diaria de nuestras actividades, no es raro que nos sorprendiésemos de que la mayoría, si no la totalidad de nuestras tareas, son interacciones en grupo: familia, trabajo, amigos, asociaciones, etcétera. Sin embargo, ¿cómo nos han preparado para trabajar en grupo? ¿cuántas asignaturas en nuestros planes formativos se han dedicado a sensibilizarnos para colaborar con otros?

Generalmente nos jactamos de hablar del trabajo en equipo, cuando en la práctica éste brilla por su ausencia.

Lo poco que asimilamos de las dinámicas grupales es a través del aprendizaje por “ensayo y error”, sobre las experiencias negativas o positivas que hemos tenido en nuestra relación con los demás.

Hay una frase clásica de los enamorados: “te amo por lo que soy cuando estoy contigo’. Trabajo en equipo es eso: armonía de nuestras energías individuales.

Pero dejemos el romanticismo. Mejor compartiré un cuento que espero les sirva y les guste tanto como a mí.

Había una vez una carpintería en la que las herramientas celebraron una reunión con el fin de subsanar sus diferencias. Al principio de tan extraña asamblea el martillo asumió la presidencia, pronto los otros miembros le notificaron que tenía que renunciar porque hacía demasiado ruido con sus golpes.

El martillo admitió la acusación, pero no aceptó que el tornillo ocupara su lugar porque les haría dar demasiadas vueltas y la reunión resultaría muy aburrida.

El tornillo y las tuercas se dieron por aludidos, pero tampoco permitieron que la lija liderara la reunión porque crearía excesivas fricciones con sus usuales asperezas en el trato.

La lija estuvo de acuerdo, pero con la condición de que fuera expulsado el metro que siempre medía a los demás como si fuera el único perfecto.

En eso entró el carpintero se puso el delantal e inició su trabajo. Utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo. Finalmente la tosca madera se convirtió en un mueble tan bello como útil.

Cuando la carpintería quedó nuevamente sola la asamblea reanudó la deliberación. Fue entonces cuando tomó la palabra el serrucho, y dijo: “señores, ha quedado demostrado que tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades”. Eso es lo que nos hace valiosos, así que no hagamos énfasis en nuestros defectos y aportemos cada uno nuestras habilidades según vemos que las aprecia el carpintero.

La asamblea encontró entonces que el martillo era fuerte, el tornillo unía, la lija era especial para afinar y limar asperezas y observaron que el metro era preciso y exacto.

Se sintieron entonces un equipo capaz de producir muebles de calidad; orgullosos de sus fortalezas. Y se dieron cuenta de lo fascinante que es trabajar juntos.

El autor es gerente general de Adecco Panamá

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