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17 de febrero de 2004

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Los problemas de una isla

La riqueza natural de Isla Grande ha animado a inversionistas a apostar por su potencial turístico, pese a los problemas de infraestructura

Mónica Palm
mpalm@prensa.com

Turistas en el Sister Moon regatean con un costeño que vende collares artesanales. Entre semana, la isla es ocupada por unos cuentos visitantes.

Desde el mismo momento en que uno llega a La Guayra, sabe que se está en medio de una escena surrealista: los niños corren descalzos por todas partes, las perras —en su mayoría preñadas— descansan sin inmutarse en medio de cualquier lodazal y los adultos se abalanzan sobre los automóviles en marcha, ansiosos por dictar las instrucciones por seguir.

“El carro lo deja donde doña Eme”, explica apresuradamente uno de los costeños, apuntando con el dedo a un improvisado patio de estacionamientos. Doña Eme cobra cuatro dólares por cuidar el carro por una noche y mejor es no discutir ni regatear.

Si viene en fin de semana, mejor madrugue si quiere encontrar espacio, porque los busitos y diablos rojos acaparan cada rincón del lugar.

Ya de por sí el camino que conduce a La Guayra es toda una odisea. Cuando se sale de la Transístmica y se dobla por la calle que está al lado del Rey de Sabanitas, se deja atrás probablemente la última oportunidad de sacar dinero en efectivo de un cajero automático (ATM) o de adquirir agua embotellada, alimentos frescos —que no sean mariscos, claro— y gasolina. A partir de Portobelo (a 15 kilómetros de La Guayra), la “carretera” es una continua sucesión de huecos y baches. Llegado a este punto, mejor haga todas las llamadas telefónicas que tenga que hacer antes de seguir avanzando, ya que si su cobertura es con BellSouth, una vez en Isla Grande se pierde la señal.

Todos estos inconvenientes los compensa la belleza de la isla. A excepción de las cinco hectáreas que ocupa el pueblo, el resto está virgen. Es precisamente su riqueza natural lo que ha animado a que ciertos inversionistas apuesten por el potencial turístico de esta ínsula, cuya población es de apenas 300 descendientes de africanos.

“La isla crece. A un ritmo de tortuga, pero crece”, cuenta Efraín Hallax, propietario del new age hotel Sister Moon, formalmente inaugurado hace dos años en un área rocosa, en toda la punta de la isla y frente al único arrecife vivo que queda en el área. El fuerte viento y un fondo coralino crean una ola que hace de este el lugar favorito de los amantes del surf en la temporada de verano. “La razón por la cual decidí invertir en la isla, fue por su belleza... Y una sensación de pertenecer a un lugar, de haber encontrado finalmente mi hogar” comparte Hallax.

Pero el Sister Moon, como la mayoría de los hospedajes de la isla, debe bregar con una ocupación hotelera prácticamente inexistente de lunes a jueves.

“Es como tener una fábrica operando únicamente al 30% de su capacidad, lo que hace más difícil la rentabilidad de la operación”, manifestó Lloyd Smith, propietario del Bananas Village Resort, que ocupa una superficie de dos hectáreas de terreno en la costa más inexplorada de Isla Grande. El Bananas, el resort más elitista de la isla, maneja una ocupación promedio de 30%, con repuntes de 50% los meses de enero, febrero y marzo.

Hallax, por su parte, lamenta que “el panameño solo sale a turistear el fin de semana y para los días puente. La única esperanza son los turistas extranjeros, pero esos solo existen en la imaginación del IPAT, que jamás ha hecho ni un póster de propaganda para Isla Grande”.

En el Hotel Villa En Sueño la queja se repite. “Los días de semana casi siempre está vacío”, suspiró con resignación una de las empleadas del hotel, mientras atendía la única mesa ocupada por una pareja que bebía cerveza bien fría y degustaba mariscos, lo único que había en la cocina.

Un grupo de surfers empapados pasa caminando a toda prisa y se embarcan en la primera lancha con rumbo a La Guayra. Son hijos de comerciantes de la Zona Libre de Colón. Llegaron ese mismo día, jueves, a las 7:30 de la mañana, con el único propósito de correr olas y ahora van de regreso a sus negocios. No traen equipaje, salvo la tabla, y se van sin haber consumido nada ni gastado un sólo dólar. “No le digas a nadie que me viste aquí”, solicitó uno de ellos antes de perderse a bordo de “La Corvina”.

Aún así, los hoteleros, tal vez en un gesto kafkiano, apuestan por el lugar, aunque muchos reconocen que ese entusiasmo no lo comparte, por ejemplo, la banca tradicional.

Hallax cuenta que la construcción del Sister Moon la tuvo que financiar con fondos de su propio bolsillo, porque “los bancos no prestan dinero para la isla”. El desarrollo de las obras y el suministro de materiales es otro dolor de cabeza: “hay que pagar tres veces el costo de un bloque o de cemento, debido al transporte”. Hallax calcula que en 20 años, ha gastado unos 700 mil dólares, “de los cuales nunca he recobrado un real”.

Otro escollo que deben afrontar los inversionistas es la falta de infraestructuras que permitan, por ejemplo, el suministro de electricidad y agua. El agua potable es uno de los bienes más preciados de la isla, al punto de que hay hoteles que solicitan a sus huéspedes tomar duchas de menos de tres minutos.

“Definitivamente, la carencia de infraestructuras ha hecho que la operación sea mucho más costosa, ya que tenemos que realizar una serie de inversiones para compensar la deficiencia de la falta de acueducto, por ejemplo, y de un servicio de electricidad poco confiable”, señala Smith.

Acondicionar al Bananas Village para que proporcione a sus huéspedes las comodidades propias de un hotel de ciudad (aire acondicionado, agua caliente, televisión por cable, etc.) requirió de una inversión que hoy supera el millón de dólares. Por algo este es el más caro de los hoteles en la isla. Para tener una idea, para Carnaval el hotel ofrece un paquete de 95 dólares por persona, por día, que incluye hospedaje, desayuno y cena. Smith dijo que para esa fecha, el hotel de 28 habitaciones está prácticamente copado.

El hotel Isla Grande fue remodelado hace un año.

Más allá de la falta de servicios básicos, Hallax hace énfasis en el “completo abandono” y la falta de ayuda por parte de las autoridades gubernamentales. “El IPAT, la única vez que se aparece, es a cobrar su 10% [de impuesto hotelero] y descaradamente ha ignorado cualquier ayuda o publicidad hacia la isla”, y agregó que, en lo que respecta a promoción internacional, “toda la propaganda” va dirigida a las ruinas de Portobelo.

El corregimiento Isla Grande forma parte del distrito de Portobelo, junto con otras comunidades como San Antonio, Puerto Lindo, La Guayra y Juan Gallego. Portobelo está catalogado como la Zona 6 dentro del plan maestro de desarrollo turístico, vigente desde 1993 (actualmente, está en revisión). Según el IPAT, en Portobelo se han realizado inversiones públicas por 5.6 millones de dólares, mientras que la inversión privada es ocho veces superior, rebasando los 43 millones de dólares.

“Verdaderamente, lo que hace falta allí, cuenta Smith, es más apoyo de las autoridades en brindar la infraestructura de una buena carretera y exigirle a las empresas que brindan energía y telefonía, el servicio eficiente y a costo razonable. De todos lo demás, nos podemos encargar nosotros como empresarios-promotores”.

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