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Los problemas de una isla
La riqueza natural de Isla Grande
ha animado a inversionistas a apostar por su potencial turístico,
pese a los problemas de infraestructura
Mónica Palm
mpalm@prensa.com
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| Turistas en el Sister Moon regatean con un
costeño que vende collares artesanales. |
Entre semana, la isla es ocupada por unos
cuentos visitantes. |
Desde el mismo momento en que uno
llega a La Guayra, sabe que se está en medio de una escena surrealista:
los niños corren descalzos por todas partes, las perras —en su mayoría
preñadas— descansan sin inmutarse en medio de cualquier lodazal
y los adultos se abalanzan sobre los automóviles en marcha, ansiosos
por dictar las instrucciones por seguir.
“El carro lo deja donde doña Eme”,
explica apresuradamente uno de los costeños, apuntando con el dedo
a un improvisado patio de estacionamientos. Doña Eme cobra cuatro
dólares por cuidar el carro por una noche y mejor es no discutir
ni regatear.
Si viene en fin de semana, mejor
madrugue si quiere encontrar espacio, porque los busitos y diablos
rojos acaparan cada rincón del lugar.
Ya de por sí el camino que conduce
a La Guayra es toda una odisea. Cuando se sale de la Transístmica
y se dobla por la calle que está al lado del Rey de Sabanitas, se
deja atrás probablemente la última oportunidad de sacar dinero en
efectivo de un cajero automático (ATM) o de adquirir agua embotellada,
alimentos frescos —que no sean mariscos, claro— y gasolina. A partir
de Portobelo (a 15 kilómetros de La Guayra), la “carretera” es una
continua sucesión de huecos y baches. Llegado a este punto, mejor
haga todas las llamadas telefónicas que tenga que hacer antes de
seguir avanzando, ya que si su cobertura es con BellSouth, una vez
en Isla Grande se pierde la señal.
Todos estos inconvenientes los compensa
la belleza de la isla. A excepción de las cinco hectáreas que ocupa
el pueblo, el resto está virgen. Es precisamente su riqueza natural
lo que ha animado a que ciertos inversionistas apuesten por el potencial
turístico de esta ínsula, cuya población es de apenas 300 descendientes
de africanos.
“La isla crece. A un ritmo de tortuga,
pero crece”, cuenta Efraín Hallax, propietario del new age
hotel Sister Moon, formalmente inaugurado hace dos años en un área
rocosa, en toda la punta de la isla y frente al único arrecife vivo
que queda en el área. El fuerte viento y un fondo coralino crean
una ola que hace de este el lugar favorito de los amantes del surf
en la temporada de verano. “La razón por la cual decidí invertir
en la isla, fue por su belleza... Y una sensación de pertenecer
a un lugar, de haber encontrado finalmente mi hogar” comparte Hallax.
Pero el Sister Moon, como la mayoría
de los hospedajes de la isla, debe bregar con una ocupación hotelera
prácticamente inexistente de lunes a jueves.
“Es como tener una fábrica operando
únicamente al 30% de su capacidad, lo que hace más difícil la rentabilidad
de la operación”, manifestó Lloyd Smith, propietario del Bananas
Village Resort, que ocupa una superficie de dos hectáreas de terreno
en la costa más inexplorada de Isla Grande. El Bananas, el resort
más elitista de la isla, maneja una ocupación promedio de 30%, con
repuntes de 50% los meses de enero, febrero y marzo.
Hallax, por su parte, lamenta que
“el panameño solo sale a turistear el fin de semana y para los días
puente. La única esperanza son los turistas extranjeros, pero esos
solo existen en la imaginación del IPAT, que jamás ha hecho ni un
póster de propaganda para Isla Grande”.
En el Hotel Villa En Sueño la queja
se repite. “Los días de semana casi siempre está vacío”, suspiró
con resignación una de las empleadas del hotel, mientras atendía
la única mesa ocupada por una pareja que bebía cerveza bien fría
y degustaba mariscos, lo único que había en la cocina.
Un grupo de surfers empapados
pasa caminando a toda prisa y se embarcan en la primera lancha con
rumbo a La Guayra. Son hijos de comerciantes de la Zona Libre de
Colón. Llegaron ese mismo día, jueves, a las 7:30 de la mañana,
con el único propósito de correr olas y ahora van de regreso a sus
negocios. No traen equipaje, salvo la tabla, y se van sin haber
consumido nada ni gastado un sólo dólar. “No le digas a nadie que
me viste aquí”, solicitó uno de ellos antes de perderse a bordo
de “La Corvina”.
Aún así, los hoteleros, tal vez
en un gesto kafkiano, apuestan por el lugar, aunque muchos reconocen
que ese entusiasmo no lo comparte, por ejemplo, la banca tradicional.
Hallax cuenta que la construcción
del Sister Moon la tuvo que financiar con fondos de su propio bolsillo,
porque “los bancos no prestan dinero para la isla”. El desarrollo
de las obras y el suministro de materiales es otro dolor de cabeza:
“hay que pagar tres veces el costo de un bloque o de cemento, debido
al transporte”. Hallax calcula que en 20 años, ha gastado unos 700
mil dólares, “de los cuales nunca he recobrado un real”.
Otro escollo que deben afrontar
los inversionistas es la falta de infraestructuras que permitan,
por ejemplo, el suministro de electricidad y agua. El agua potable
es uno de los bienes más preciados de la isla, al punto de que hay
hoteles que solicitan a sus huéspedes tomar duchas de menos de tres
minutos.
“Definitivamente, la carencia de
infraestructuras ha hecho que la operación sea mucho más costosa,
ya que tenemos que realizar una serie de inversiones para compensar
la deficiencia de la falta de acueducto, por ejemplo, y de un servicio
de electricidad poco confiable”, señala Smith.
Acondicionar al Bananas Village
para que proporcione a sus huéspedes las comodidades propias de
un hotel de ciudad (aire acondicionado, agua caliente, televisión
por cable, etc.) requirió de una inversión que hoy supera el millón
de dólares. Por algo este es el más caro de los hoteles en la isla.
Para tener una idea, para Carnaval el hotel ofrece un paquete de
95 dólares por persona, por día, que incluye hospedaje, desayuno
y cena. Smith dijo que para esa fecha, el hotel de 28 habitaciones
está prácticamente copado.
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| El hotel Isla Grande fue remodelado hace un
año. |
Más allá de la falta de servicios
básicos, Hallax hace énfasis en el “completo abandono” y la falta
de ayuda por parte de las autoridades gubernamentales. “El IPAT,
la única vez que se aparece, es a cobrar su 10% [de impuesto hotelero]
y descaradamente ha ignorado cualquier ayuda o publicidad hacia
la isla”, y agregó que, en lo que respecta a promoción internacional,
“toda la propaganda” va dirigida a las ruinas de Portobelo.
El corregimiento Isla Grande forma
parte del distrito de Portobelo, junto con otras comunidades como
San Antonio, Puerto Lindo, La Guayra y Juan Gallego. Portobelo está
catalogado como la Zona 6 dentro del plan maestro de desarrollo
turístico, vigente desde 1993 (actualmente, está en revisión). Según
el IPAT, en Portobelo se han realizado inversiones públicas por
5.6 millones de dólares, mientras que la inversión privada es ocho
veces superior, rebasando los 43 millones de dólares.
“Verdaderamente, lo que hace falta
allí, cuenta Smith, es más apoyo de las autoridades en brindar la
infraestructura de una buena carretera y exigirle a las empresas
que brindan energía y telefonía, el servicio eficiente y a costo
razonable. De todos lo demás, nos podemos encargar nosotros como
empresarios-promotores”.
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