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Los Cabos, confín paradisíaco
Laura Durango
De EFE Reportajes
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| Vistas al mar desde el Hotel Presidente en
San José del Cabo, en la zona del corredor de Los Cabos. |
Todo incita a un viaje “on the road”, como
en los viejos tiempos, de esos que apenas se practican ya por falta
de tiempo o espíritu. Sin embargo, para muchos llegar hasta Los
Cabos, la punta sur del estado mexicano de Baja California, el lugar
donde se juntan el océano Pacífico y el mar de Cortés es un aliciente
que atrae con fuerza.
Sus playas desiertas y un paisaje de dunas, cactus
y montañas son una gran atracción para los turistas
Las condiciones geográficas de Baja California,
península prolongación de la California estadounidense y separada
del resto de México por el mar, han determinado su situación actual.
En la última década, Los Cabos ha pasado de ser un lugar remoto
y aislado con malas carreteras y nada que hacer, a un destino turístico
de lujo donde apenas se escucha hablar español.
Instalaciones hoteleras a pie de playa, con campos
de golf y actividades marítimas se alzan a lo largo de los treinta
y cinco kilómetros que separan las dos localidades principales:
Cabo San Lucas y San José del Cabo.
Una autopista las une a través de lo que se conoce
como el “corredor” de Los Cabos, en donde el desarrollo inmobiliario
y el esfuerzo de la Secretaría de Turismo mexicana lo han convertido
en el destino más caro del país, el confín paradisíaco y selecto
pensado para, por ejemplo, reunir a los mandatarios mundiales cuando
se dan cita en México.
Allí se concentran las playas más
hermosas y blancas y la mayor parte de las actividades marítimas.
A diferencia del mar manso y cálido la Riviera Maya, en Los Cabos
las aguas son frías y vigorosas, ventaja que favorece un ambiente
tranquilo.
Junto al turismo selecto, los mil
seiscientos kilómetros que separan Tijuana, en la frontera norte,
con Los Cabos, dejan también mucho espacio para los aventureros
que, a bordo de su propio auto, escapan a la aventura de perderse
en el silencio de paisajes montañosos, desérticos, con abundancia
de dunas, cactus e interminables playas vacías. Es la experiencia
que el filósofo francés Jean Baudillard, en su fascinación por los
desiertos, califica de “emoción mental plena”.
Hay una carretera central que recorre
el Estado de norte a sur, un viaje maravillosamente polvoriento
y de sensación cinematográfica. Se pasa por Ensenada, el principal
puerto, por San Quintín, Guerrero Negro, Loreto y La Paz, la capital.
Los lugareños son suaves y educados, y sólo por la explosión de
colores que estalla al llegar a alguna de sus ciudades uno recuerda
que está en México, país de rica comida, libertad creativa y gente
amable.
Dólares y frijoles
Al llegar a Los Cabos se
constata una curiosa dualidad: la convivencia entre las grandes
cadenas hoteleras ubicadas a lo largo del corredor, junto a tiendas
de campaña o rulotes instaladas en playas más apartadas.
También el fructífero maridaje entre dólares y frijoles, ya que
la moneda estadounidense circula con plena soltura, para alegría
de los mexicanos, a quienes su gusto por comer estas judías no les
impide dar la bienvenida a los siempre queridos billetes vecinos.
Entre los atractivos que ofrecen
Los Cabos, además de leer y beber en una hamaca frente al mar, destaca
la pesca deportiva. De hecho, se trata de uno de los mejores destinos
del mundo para tal fin.
La abundante presencia de marlín
negro, rallado o azul, de atún, dorado, pez vela, tarpón, tiburón
martillo o lubina, ha generado una gran actividad en cualquier época
del año gracias al excelente clima.
San Lucas concentra la organización
de la pesca deportiva. Muchos turistas optan por embarcarse hasta
el famoso Arco, un promontorio montañoso con dicha forma debido
a la acción milenaria de desgaste del viento y del agua.
El Arco es una de las visitas indispensables
en Los Cabos, el punto de encuentro entre el océano Pacífico y el
mar de Cortés, un lugar rico en lobos marinos, pelícanos y ballenas
grises.
Se recomienda alquilar una lancha
o contemplarlo desde la bella terraza del restaurante italiano Da
Giorgio, uno de los más reputados de la zona.
Ecoturismo
Asimismo, la llegada de las
ballenas grises entre diciembre y marzo se ha convertido en otro
foco de interés permanente. Se trata de un espectáculo migratorio
único que atrae la atención de numerosas familias con hijos.
Y también está el surf, practicado
en las interminables playas del este, en pleno mar de Cortés. Es
una zona sólo accesible a través de una larga carretera de arena,
entre dunas y cactus. Poco a poco, en este largo tramo, comienzan
a encontrarse casas de diseño moderno construidas por estadounidenses
amantes del surf, que vienen varias veces al año a lo que
aún es un paraje sin explotar.
Sin embargo, la opinión generalizada
es que en dos décadas este entorno habrá cambiado: existirá una
carretera asfaltada, los precios de los terrenos se multiplicarán
y el desarrollo inmobiliario habrá materializado numerosas urbanizaciones
o viviendas privadas.
De momento, el recorrido desde San
José del Cabo, en el sur, hacia el norte por esta carretera situada
el este de la península, es uno de las vivencias más espectaculares
e interesantes, por la belleza virgen y la inexistente presencia
del hombre.
Para los amantes del ecoturismo,
en Los Cabos se puede visitar Cactimundo, el jardín botánico de
cactáceas más importante de México, con 850 especies de todo el
mundo. El ecosistema del desierto, con dunas y cactus, se encuentra
perfectamente preservado, y se puede conocer a través de alguna
de las ofertas para recorridos en cuatrimotor.
Parada de antiguos piratas
Mientras San José del Cabo
mantiene su tradición de pueblo real, con sus 24 mil habitantes,
su plaza, su iglesia colonial y sus callecitas llenas de comercio,
Cabo San Lucas representa el ajetreo, la arquitectura de última
hornada, masiva y sin alma, aunque en sus agitadas calles se concentran
las discotecas y la vida nocturna. Es el downtown o mayor
núcleo urbano en Los Cabos, el reclamo turístico sin más interés
que el puerto con sus yates anclados y la exclusiva zona de El Pedregal.
A menos de una hora de San Lucas,
hacia el norte por la parte oeste, se encuentra la localidad Todos
Santos, conocida por el Hotel California que, pese a lo que muchos
creen, no se trata del famoso local inmortalizado por “The Eagles”
en su canción, pese a que ésta suene a todas horas en su colorido
interior.
Los Cabos fue, durante años, parada
habitual de aprovisionamiento para los piratas que esperaban la
llegada de los galeones filipinos. Hernán Cortés pasó por San José,
pero fueron los misioneros católicos quienes trajeron en el siglo
XVIII la civilización europea.
Por último, la oferta gastronómica
en Los Cabos es interesante, y destaca por su elaboración, calidad
y esencia mexicana el restaurante Los Arrecifes del Hotel Westin
Regina, con una decoración espectacular y hermosas vistas al mar.
Viajar, pues, a la Baja California
Sur es aún una propuesta seductora para los amantes de la naturaleza
intacta o para quienes desean consentirse en la tranquilidad de
unos establecimientos dotados de buenos restaurantes, centros de
belleza junto al mar.
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