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17 de febrero de 2004

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Los Cabos, confín paradisíaco

Laura Durango
De EFE Reportajes

Vistas al mar desde el Hotel Presidente en San José del Cabo, en la zona del corredor de Los Cabos.

Todo incita a un viaje “on the road”, como en los viejos tiempos, de esos que apenas se practican ya por falta de tiempo o espíritu. Sin embargo, para muchos llegar hasta Los Cabos, la punta sur del estado mexicano de Baja California, el lugar donde se juntan el océano Pacífico y el mar de Cortés es un aliciente que atrae con fuerza.

Sus playas desiertas y un paisaje de dunas, cactus y montañas son una gran atracción para los turistas

Las condiciones geográficas de Baja California, península prolongación de la California estadounidense y separada del resto de México por el mar, han determinado su situación actual. En la última década, Los Cabos ha pasado de ser un lugar remoto y aislado con malas carreteras y nada que hacer, a un destino turístico de lujo donde apenas se escucha hablar español.

Instalaciones hoteleras a pie de playa, con campos de golf y actividades marítimas se alzan a lo largo de los treinta y cinco kilómetros que separan las dos localidades principales: Cabo San Lucas y San José del Cabo.

Una autopista las une a través de lo que se conoce como el “corredor” de Los Cabos, en donde el desarrollo inmobiliario y el esfuerzo de la Secretaría de Turismo mexicana lo han convertido en el destino más caro del país, el confín paradisíaco y selecto pensado para, por ejemplo, reunir a los mandatarios mundiales cuando se dan cita en México.

Allí se concentran las playas más hermosas y blancas y la mayor parte de las actividades marítimas. A diferencia del mar manso y cálido la Riviera Maya, en Los Cabos las aguas son frías y vigorosas, ventaja que favorece un ambiente tranquilo.

Junto al turismo selecto, los mil seiscientos kilómetros que separan Tijuana, en la frontera norte, con Los Cabos, dejan también mucho espacio para los aventureros que, a bordo de su propio auto, escapan a la aventura de perderse en el silencio de paisajes montañosos, desérticos, con abundancia de dunas, cactus e interminables playas vacías. Es la experiencia que el filósofo francés Jean Baudillard, en su fascinación por los desiertos, califica de “emoción mental plena”.

Hay una carretera central que recorre el Estado de norte a sur, un viaje maravillosamente polvoriento y de sensación cinematográfica. Se pasa por Ensenada, el principal puerto, por San Quintín, Guerrero Negro, Loreto y La Paz, la capital. Los lugareños son suaves y educados, y sólo por la explosión de colores que estalla al llegar a alguna de sus ciudades uno recuerda que está en México, país de rica comida, libertad creativa y gente amable.

Dólares y frijoles

Al llegar a Los Cabos se constata una curiosa dualidad: la convivencia entre las grandes cadenas hoteleras ubicadas a lo largo del corredor, junto a tiendas de campaña o rulotes instaladas en playas más apartadas. También el fructífero maridaje entre dólares y frijoles, ya que la moneda estadounidense circula con plena soltura, para alegría de los mexicanos, a quienes su gusto por comer estas judías no les impide dar la bienvenida a los siempre queridos billetes vecinos.

Entre los atractivos que ofrecen Los Cabos, además de leer y beber en una hamaca frente al mar, destaca la pesca deportiva. De hecho, se trata de uno de los mejores destinos del mundo para tal fin.

La abundante presencia de marlín negro, rallado o azul, de atún, dorado, pez vela, tarpón, tiburón martillo o lubina, ha generado una gran actividad en cualquier época del año gracias al excelente clima.

San Lucas concentra la organización de la pesca deportiva. Muchos turistas optan por embarcarse hasta el famoso Arco, un promontorio montañoso con dicha forma debido a la acción milenaria de desgaste del viento y del agua.

El Arco es una de las visitas indispensables en Los Cabos, el punto de encuentro entre el océano Pacífico y el mar de Cortés, un lugar rico en lobos marinos, pelícanos y ballenas grises.

Se recomienda alquilar una lancha o contemplarlo desde la bella terraza del restaurante italiano Da Giorgio, uno de los más reputados de la zona.

Ecoturismo

Asimismo, la llegada de las ballenas grises entre diciembre y marzo se ha convertido en otro foco de interés permanente. Se trata de un espectáculo migratorio único que atrae la atención de numerosas familias con hijos.

Y también está el surf, practicado en las interminables playas del este, en pleno mar de Cortés. Es una zona sólo accesible a través de una larga carretera de arena, entre dunas y cactus. Poco a poco, en este largo tramo, comienzan a encontrarse casas de diseño moderno construidas por estadounidenses amantes del surf, que vienen varias veces al año a lo que aún es un paraje sin explotar.

Sin embargo, la opinión generalizada es que en dos décadas este entorno habrá cambiado: existirá una carretera asfaltada, los precios de los terrenos se multiplicarán y el desarrollo inmobiliario habrá materializado numerosas urbanizaciones o viviendas privadas.

De momento, el recorrido desde San José del Cabo, en el sur, hacia el norte por esta carretera situada el este de la península, es uno de las vivencias más espectaculares e interesantes, por la belleza virgen y la inexistente presencia del hombre.

Para los amantes del ecoturismo, en Los Cabos se puede visitar Cactimundo, el jardín botánico de cactáceas más importante de México, con 850 especies de todo el mundo. El ecosistema del desierto, con dunas y cactus, se encuentra perfectamente preservado, y se puede conocer a través de alguna de las ofertas para recorridos en cuatrimotor.

Parada de antiguos piratas

Mientras San José del Cabo mantiene su tradición de pueblo real, con sus 24 mil habitantes, su plaza, su iglesia colonial y sus callecitas llenas de comercio, Cabo San Lucas representa el ajetreo, la arquitectura de última hornada, masiva y sin alma, aunque en sus agitadas calles se concentran las discotecas y la vida nocturna. Es el downtown o mayor núcleo urbano en Los Cabos, el reclamo turístico sin más interés que el puerto con sus yates anclados y la exclusiva zona de El Pedregal.

A menos de una hora de San Lucas, hacia el norte por la parte oeste, se encuentra la localidad Todos Santos, conocida por el Hotel California que, pese a lo que muchos creen, no se trata del famoso local inmortalizado por “The Eagles” en su canción, pese a que ésta suene a todas horas en su colorido interior.

Los Cabos fue, durante años, parada habitual de aprovisionamiento para los piratas que esperaban la llegada de los galeones filipinos. Hernán Cortés pasó por San José, pero fueron los misioneros católicos quienes trajeron en el siglo XVIII la civilización europea.

Por último, la oferta gastronómica en Los Cabos es interesante, y destaca por su elaboración, calidad y esencia mexicana el restaurante Los Arrecifes del Hotel Westin Regina, con una decoración espectacular y hermosas vistas al mar.

Viajar, pues, a la Baja California Sur es aún una propuesta seductora para los amantes de la naturaleza intacta o para quienes desean consentirse en la tranquilidad de unos establecimientos dotados de buenos restaurantes, centros de belleza junto al mar.

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