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A la sombra de los mitos
Juan José Domínguez
De Efe Reportajes
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| Capilla de Santiago y Silo de Carlomagno,
en el conjunto de Roncesvalles. |
La Colegiata de Roncesvalles, difuminada
en medio del paisaje pirenaico. |
Roncesvalles está en medio de la
montaña pirenaica, al lado de unas cumbres verdeantes desde las
que se divisan grandes extensiones de España y Francia.
Es un pequeño paraíso, en el camino
de Santiago, donde se evocan historias de santos, peregrinaciones
y guerras.
Hubo una época mágica y gloriosa,
a finales del siglo VIII, en la que Roncesvalles y sus hermosos
alrededores atrajeron la atención y el reclamo de Europa y la cristiandad.
Entonces, los árabes estaban en su período de expansión y conquista
más fructífero; su presencia, la fuerza de sus armas, costumbres
e influencia cultural, llegaban hasta la frontera francesa.
Navarra era un territorio en el
que se jugó la supremacía de la civilización cristiana frente a
la musulmana. Además, era paso obligado del camino compostelano,
con sus leyendas e historias fascinantes sobre peregrinos y viajeros
llenos de fe.
La tierra de los famosos sanfermines,
hoy, es el punto de arranque del Camino de Santiago en España por
el “camino francés”, recorrido por los peregrinos en busca de cultura,
deporte, tradición y fe. A pie, bicicleta o caballo, desde Roncesvalles,
parten miles de devotos y aventureros en dirección a Galicia. En
especial, en los períodos que coinciden con el Año Jacobeo.
Roncesvalles es pura solemnidad
monumental y religiosa en medio de un paisaje nemoroso de fresnos
y hayas. La Colegiata tiene encanto; su iglesia es como si una pequeña
y humilde catedral naciera en los Pirineos.
Los peregrinos que caminan a Santiago,
en cuanto cruzan la frontera con España y llegan al alto de Ibañeta,
se topan con un mosaico de belleza paisajística, buena gastronomía,
espadas, doncellas y arte medieval. Pero, sobre todo, se encuentran
con el eco de la poesía épica más conocida y escuchada de Europa:
El cantar de Roldán, en el que se evoca la sorprendente derrota
de Carlomagno en el verano del año 778, en la Batalla de Roncesvalles.
Precisamente, en el alto de Ibañeta, se halla un monumento en honor
a Roldán.
Las crónicas de la época cuentan
que un grupo de vascones, vestidos con pieles y casi sin más armas
que unos palos y piedras, se abalanzaron dando alaridos sobre la
retaguardia del ejército del emperador franco. Y lo derrotaron por
primera vez. Sus tropas no esperaban tal ataque en tierras fragosas
y desconocidas. Como el propio Carlomagno reconoció en la corte,
le dolió más no saber de dónde habían salido los atacantes que perder
a sus mejores guerreros. En la espectacular emboscada perecieron
“los doce pares de Francia”, que es como decir la élite aristocrática
de entonces.
El Cantar de Roldán nombra
15 veces a Roncesvalles, y en él se declama que fueron musulmanes
y no vascones los que ganaron la batalla y zahirieron el orgullo
de Carlomagno. Se entiende, pues, la congoja y tristeza de la mano
franca que escribió el apócrifo poema, ya que de aquella manera
el imperio musulmán consolidaba su apogeo cultural y militar en
el mundo, y en verdad, daba más prestigio perder una batalla a manos
de los califas que no de unos desarrapados semisalvajes.
En Roncesvalles merece la pena visitar
el conjunto monumental que descansa junto al verdor suave de los
montes navarros, con edificaciones como el Silo de Carlomagno, el
más antiguo. Ahí enterraron a los soldados que fallecieron en la
Batalla de Roncesvalles.
La joya estética es la Colegiata
de Santa María y su cripta, de una belleza y espiritualidad notable.
La mandó construir el rey Sancho el Fuerte. Se levanta como una
catedral, con tejados de azul metal, en medio del bosque, cuyos
pilares nos recuerdan el primer gótico. En el interior, en la sala
capitular nos encontramos las legendarias mazas de Roldán y Oliveros,
aunque estudios más recientes aseguran que pertenecen a la Batalla
de las Navas de Tolosa.
El viajero que llegue hasta el recinto
medieval debe visitar el museo en el que se halla el “Ajedrez de
Carlomagno”, pieza de esmaltería de una belleza asombrosa. Dicen
que mientras se libraba la Batalla de Roncesvalles, el emperador
jugaba sobre él en la vecina localidad de Valcarlos. Como se ve,
la leyenda y la épica acompañan de continuo la historia carolingia
de Roncesvalles.
En el museo se exhibe el arte sacro
de la Real Colegiata: tallas, lienzos, numismática, orfebrería,
etc. Destacan también un relicario de plata, románico; una arqueta
de plata dorada y filigrana gótico-mudéjar del siglo XIII, junto
a varias estatuas de la Virgen.
Este es un paisaje con sabor a medioevo,
la época en que se encargaban los juglares de cantar y contar, para
goce y disfrute de nobles y plebeyos, las andanzas y amoríos de
los guerreros y doncellas.
Hoy, cualquier peregrino ávido de
conocer el hermoso paraje es capaz de hallar los ecos de un mundo
pasado, en el que las tropas de Carlomagno perdieron su primera
batalla mientras el emperador jugaba al ajedrez.
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