 |
Se viene comentando profusamente, a través de los medios de comunicación social del mundo, las pérdidas millonarias sufridas por bancos de prestigio internacional en Estados Unidos y Europa, por causa del boom inmobiliario, es decir, el crecimiento desproporcionado y descontrolado en la adquisición, oferta y demanda y construcción de bienes inmuebles, tramitados a través de las grandes empresas dedicadas al negocio de bienes raíces y con el respaldo financiero necesario para convertir en realidad esos mega proyectos.
Los bancos con mucha liquidez, sin un análisis conservador de este fenómeno inmobiliario, se dejaron seducir por lo que parecía ser un gran negocio financiero, y se fueron de bruces, ofreciendo los fondos necesarios para respaldar toda clase de aventuras que empresarios ávidos de lucro les presentaron.
Consecuentemente, aumentó la oferta de ventas de oficinas, apartamentos y viviendas unifamiliares, con el respaldo incondicional de los bancos, que ofrecían el financiamiento acomodado a las posibilidades económicas de los clientes
particulares.
Si bien es cierto que con la oferta de facilidades de créditos hipotecarios muy flexibles se logró un gran auge en el negocio de bienes raíces, tanto en Estados Unidos como en algunos países de Europa, no es menos cierto que el conceder créditos sin mayor estudio del voluble mercado hipotecario de bienes raíces, ha llevado a muchos bancos al borde de la insolvencia.
Esta situación a su vez ha obligado a las autoridades bancarias de esos países a promover medidas de control y fiscalización más férreas, que los dirija a aumentar el porcentaje de reserva para cubrir las probables pérdidas por créditos incobrables, además de inyectarles un porcentaje de dinero que les permita ir normalizando su actividad
de intermediación financiera.
Aprender de los demás
La lección para nuestro centro bancario internacional es que, no obstante el desordenado auge de los bienes raíces en nuestro país, que parece augurar un gran crecimiento económico para todos, tenemos la responsabilidad de sacar nuestras propias conclusiones de las fallas sufridas en países del primer mundo.
Los bancos no pueden aceptar como guía los valores que les asignen los propios promotores de esas moles de acero y cemento; su función como financistas es analizar forma conservadora y muy prudente el porcentaje adecuado de riesgo que están dispuestos a asumir, sin poner en peligro el dinero de los depositantes confiado a ellos.
No es responsable la especulación con el negocio de los bienes raíces, los riesgos inherentes al negocio inmobiliario deben quedar exclusivamente en manos de personas naturales que estén dispuestas a especular con su propio dinero.
Los banqueros deben mantener la práctica profesional, que a través de la historia de la intermediación financiera ha convertido su actividad en la base que sustenta el progreso del mundo moderno.
El éxito de la banca se debe a que nunca se concibió como un ente especulativo, sino de fomento a obras y proyectos que garantizaran el adelanto material para un mejor estilo de vida de la humanidad.
Desde el primer proyecto especulativo que banqueros no prudentes decidieron apoyar financieramente, con metas lucrativas, convirtieron a sus instituciones en casas de juego de suerte y azar, donde cada obra inmobiliaria iniciada era un nuevo reto a la dama fortuna.
Todo esto porque se podía ganar mucho más que financiando proyectos bien estructurados y estudiados, con riesgos mínimos que brindaban la seguridad de su recuperación.
En qué momento y lugar los banqueros decidieron cambiar de profesión, lo ignoro; lo que si sé, comprobado por los resultados desastrosos del boom inmobiliario, es que estos tendrán el resto de sus vidas para tratar de convencer a los accionistas, depositantes y usuarios de que sus desatinos se dieron pensando en los mejores intereses de quienes creen que el dinero en un banco es lo más seguro que existe.
Las autoridades encargadas de fiscalizar a los bancos, por su parte, también fueron negligentes en su labor de velar por el estricto acatamiento de las leyes y normas que rigen la actividad de las instituciones financieras.